Bola de Espejos


7. Las Cartas sobre la Mesa

Posted in Español, General by admin on the Noviembre 30th, 2007

Por Leandro Fogliatti

www.allposters.esUn cálido viernes, tres amigos nos encontrábamos compartiendo vinos en un bar.  “Si no existen manuales para padres, ¡imaginate para padres gays!”, yo le decía a Fernando, y al mismo tiempo pensaba si tal vez no fuera un buen negocio editorial escribir uno.  “Si las locas se asumieran a tiempo, no meterían el pito en lugares equivocados”, sentenció Gabriel.  “¿Y qué hay de las parejas gays que quieren tener un hijo? –le reproché su comentario–  ¿No estarían ante el mismo problema?”  “Esas son locas desquiciadas y asimilacionistas de la cultura hétero –acusó mi room-mate extremista– ¡Hay que encerrarlas!”  “El problema no es tanto Noelia, –explicaba Fer– sino la presión de Laura y Scott.”  Y es que las posiciones se habían endurecido hasta la necedad.  Scotty reclamaba que a Noelia se le hablara acerca de la verdadera naturaleza de su relación con Fer, y Laura se oponía terminantemente.  Fer temía que cualquiera fuera su decisión, afectaría negativamente, o bien  a su pareja, o bien al régimen de visitas que mantenía con su hija.  “Por lo menos tu pareja tiene en claro lo que quiere, porque lo que es la mía…”, comparó Gabi.  Por supuesto, mi roomie se refería a Rodri, de quien no había vuelto a tener noticias desde aquel viaje en taxi.  Inútil era sugerirle que tal vez el mozalbete en cuestión no fuera gay, que no habían compartido nada más que un par de cervezas (que Gabriel detestaba) y un frustrado partido de fútbol (que Gabriel detestaba aún más).

De pronto, me di cuenta de que mis amigos me estaban mirando.  “¿Qué? –pregunté sobresaltado–  ¿Otra vez derramé vino por el costado de mi boca?”, e intenté verme a través del reflejo del vidrio de mi copa.  No.  En realidad, era mi turno para expresar alguna preocupación.  Pero la verdad es que no tenía ninguna, y así se los dije.  Me sentía feliz con Nacho y entusiasmado con mi escritura.  “Ah”, contestaron a dúo, y yo no pude evitar sentirme culpable.  ¿Por qué?  ¿Acaso está mal visto sentirse bien?  ¿Es algo argentino, digamos tanguero, o será también algo mundial?

¡Truco, carajo!“, gritó un chongo de la mesa de al lado.  ¿Hay algo peor para un grupo de gays, que se han juntado a chusmear, que tener al lado una barrita de chongos jugando al truco?  Probablemente, torturas como ésta abunden, si es que existe, en un infierno para gays.  Sin embargo, para Fernando resultó inspirador; apoyó una mano sobre el hombro de Gabirel y dijo: “Tal vez debamos hacer justamente eso, Gabi, poner las cartas sobre la mesa, enfrentar nuestro entorno.”

blogs.vogue.esAunque mi vida marchara bien, no me resultaba ajena la propuesta de Fernando.  Aquella noche cenaría con Paula, mi editora, y aprovecharía para reclamarle las cartas que hasta ahora no se había animado a mostrar.  Le exigiría que me explique por qué había estado tan distante desde que Nacho y yo empezamos a salir.  Así que, una vez sentados a la mesa, y en un diálogo sin sentido, Paula me hablaba de trabajo y yo de nuestra amistad.  “Hay que aprovechar mejor el espacio de Bola de Espejos; esa novelita me parece un desperdicio de tiempo y tecnología”, me decía.  “Te molesta que narre acerca de mi relación con Nacho”, provocaba yo.  “Quiero que empieces a preparar informes sobre temas de interés gay”, ella insistía con el trabajo.  “¿Estás celosa?”, cortaba yo.  “Podrías, por ejemplo, empezar investigando las nuevas estadísticas de VIH en la población gay, y comprarlas con la población heterosexual”, ella ignoraba mis comentarios.  “¿Te molesta que Nacho sea gay?”, yo no pensaba claudicar.  Finalmente, Paula decidió que este diálogo no conducía a ninguna parte y puso sus cartas sobre la mesa.  No fueron las que yo esperaba.  “No me preocupo por Nacho –dijo y me miró a los ojos por primera vez en muchos días– me estoy preocupando por vos, boludo”.  Al parecer mi editora se había llevado la sorpresa, al enterarse de que su hermano tenía una historia con otro señor, que encima venía a ser yo.  Anteriormente, sólo le había conocido novias mujeres (y no fueron pocas, según parece).  Paula sumaba estos antecedentes al hecho de que Nacho nunca había tenido una relación estable, y temía por mí: “No quiero que salgas lastimado, eso es todo”.  La preocupación de Paula me conmovió.  No deseaba para mí el dolor que había sufrido en su reciente separación con Lucas.  Sin embargo, sus palabras también me alertaron, porque yo podía ser la primera experiencia gay de Nacho.  “¡Por eso lo de los roles!”, pensé.  De pronto sentí una terrible responsabilidad.  ¡Qué tonto que fui!  Yo lo estaba presionando para que sea versátil, cuando no había tenido ninguna experiencia.  Esa noche, Paula y yo volvimos a acercarnos, aunque debió explicarme de nuevo su propuesta de trabajo, que yo había desoído por completo.

arwen.kroaton.netAl día siguiente, Fernando decidió enfrentar a Laura y a Scott, en un brunch sabático, en el living de su departamento.  Lamentablemente, 45 minutos después de haber servido el primer café, y habiendo agotado toda su diplomacia, Fernando se dio cuenta de que las mediaciones internacionales no eran su fuerte.  “La educación de mi hija es mi responsabilidad, no la suya –reclamaba Laura, sin mirar a Scott– ¡Yo decido qué explicarle y qué no!”  Pero Scott contraatacó, no sólo sin mirar a Laura, sino además señalándola con el pulgar: “Los programas de televisión seguramente ya le malinformaron lo que ella se niega a explicar”.  Pero el detonante definitivo estuvo a cargo, como suele estarlo en general, del sexo femenino: “Quiero que mi hija crezca en un ambiente normal”.  Esta venenosa declaración sacó de quicio al americano, que ya no pudo sostener el español: “She thinks we’re not normal people, doesn’t she?”, le preguntaba a Fernando, quien a estas alturas estaba hundido en el sillón de mediador.  Laura interpretó el cambio de lengua como una descarada provocación, así que se puso de pie y chilló con todas sus cuerdas vocales: “¿Qué dice?  ¿Por qué no habla español?  ¿Acaso no respeta el país que tuvo la deferencia de albergarlo?  ¡Más le vale que tenga todos sus papeles en regla…!”

No muy lejos de allí, también Gabriel había decidido exigir las cartas sobre la mesa.  Mi roomie se había puesto una remera con Marilyn Manson estampado en su delantera (su remera de guerra) y había ido directamente al supermercado, porque, como siempre, nuestra heladera estaba vacía, pero además, por supuesto, para encontrarse con su ex… repositor, digamos.  Así que se acercó al sector de frutas y verduras, en donde casualmente Rodri estaba acomodando mercadería fresca.  No había nada más excitante para Gabi que contemplar los brazos musculosos de Rodri, tensados por el peso de los cajones de frutas, que transportaba y acomodaba.  Notar su remera húmeda de sudor, el mismo sudor que brillaba sobre su piel trigueña, desencadenó punzantes palpitaciones en el sensible pecho de Gabriel.  Pero fueron los movimientos del chongo los que más lo conmovieron; las piernas abiertas, los brazos abarcando todo su espacio, los giros bruscos, las expiraciones por el esfuerzo…  ¡Tan hombre, tan chongo, tan tosco y estimulante al mismo tiempo!

www.grupopastores.coopSi bien el fibroso repositor notó inmediatamente su presencia, le hizo caso omiso y no le dirigió la palabra.  Conociendo como conozco a mi room-mate, esta actitud debió haber desencadenado una alteración nerviosa en su organismo, que, sin embargo, no se manifestó a través de la palabra.  Sencillamente, Rodri vio rodar un kiwi, una naranja, un limón, una manzana y, antes de que el amante despechado pudiera echar a rodar el melón que había elegido, el más grande y más maduro, Rodri se le plantó delante, llevando en sus brazos lo recogido del piso, suficiente como para preparar una rica ensalada de frutas.  “Qué”, dijo el chonguito.  “Qué”, dijo mi roomie.  “Me estás molestando en el trabajo”, le reprochó Rodri.  “Me estás cagando la vida”, Gabi subió la apuesta.  “Te la cagás vos solo.  Yo no soy lo que pensás, rajá de acá”, concluyó el hombre, el tosco y estimulante chongo.  Sin embargo, tales y tan terminantes palabras no alcanzaron para acallar las que Gabriel tenía bajo su manga, y que desde siempre, desde que había jugado con su primera Barbie, había querido pronunciar: “¡No me obligues a armar un escándalo!”.  Desesperado, el chongo lo arrastró hasta un depósito de verduras y cerró la puerta.  Cuando se dio vuelta, la remera de Marilyn Mason le hacía fuck you desde el suelo.  Mi roomie, hábil para estos menesteres, ya estaba totalmente desnudo.  “Vestite”, suplicó Rodri.  “No”, contradijo Gabi, mientras exhibía orgulloso una impertinente erección.  “No puedo conversar si no estamos parejos”, trató de conciliar, el chongo.  “Entonces, desvestite”, propuso Gabi, con conveniente lógica.  ¿Pero qué fue lo que pasó por la cabeza de Rodri, en esos segundos de tensión?  Ya sabemos que su psique es un misterio, pero esta vez nos vino bárbaro, ya que el chongo se sacó la ropa con violencia y mostró su as de basto, erecto y palpitante hasta lo insoportable, y se abalanzó contra mi extasiado roomie, a los besos y estrujazos, arrinconándolo contra frescas hojas de lechuga y jugosos tomates.  Por supuesto, Gabriel no ahorraba detalle cuando me recreaba la escena, mientras me servía una porción de ensalada de lechuga y tomate, que yo observaba con preocupación.  “Tenías que verlo, tenías que sentirlo, era como un guerrero enfurecido, divinamente violento…  ¡Me destrozó!”

dfnaranj.googlepages.com ROSTROSDejé a Gabriel solo con su erotismo bélico y fui a buscar a Nacho al aeroparque.  Era sorpresa.  Nacho regresaba de Mendoza y no habíamos quedado en vernos sino hasta la noche.  Quería decirle que lamentaba haberlo presionado, que no me importaba que no hubiera tenido otras experiencias gays.  Finalmente, yo también necesitaba poner las cartas sobre la mesa.  Detrás de un grupo de pasajeros, apareció mi novio, acompañado de un señor, digamos, cincuentón y de una mujer algo menor.  La intención fue efectiva.  Al verme Nacho se sorprendió, aunque no hubo sonrisa en su rostro.  Me presentó a Jorge González, un editor de un diario del sur y a su esposa, Macarena Soler de González.  “Y él es un amigo”, me señaló.  Y eso fue todo.  Quiero decir, después de dos presentaciones completísimas, con nombre y apellido y cargo y empresa, como corresponde, venía yo, un amigo, apenas señalado.

Compartimos un taxi, primero hasta el hotel en donde se hospedaría la pareja y después hasta el departamento de Nacho.  “¿No te gustó que te fuera a buscar?”, le pregunté.  Nacho se tomó un tiempo para responder.  “No me gusta que me estén encima, Leandro”, concluyó.  Definitivamente, no era lo que pensaba escuchar y ahora fui yo quien necesitó una pausa, tras la cual arriesgué: “Creí que estaba haciendo lo que haría cualquier novio…”  Pero Nacho me detuvo con su índice levantado y finalmente fue él quien puso las cartas sobre la mesa: “Nosotros no somos novios.”

Muchas veces me he preguntado (y me he maravillado, incluso) por qué ante una misma realidad suelen existir interpretaciones tan diferentes.  ¿Cómo podía ser que lo vivido hasta el momento no significara lo mismo para Nacho y para mí?  “Juntos la pasamos muy bien –me dijo– pero es todo, al menos por ahora.”  Ya con la angustia en mi garganta yo le había preguntado si tenía miedo por ser ésta su primera experiencia gay.  Pero él me había respondido que había estado con muchos hombres y con muchas mujeres.

lunaticosolar.jubiiblog.com.es“No pude manejar la situación –les contaría más tarde a Fernando y a Gabriel– prácticamente salí corriendo de su departamento”.  Mientras Gabriel me alcanzaba una servilleta para que me secara las lágrimas que yo no podía evitar, Fernando me servía más vino.  Porque nuevamente éramos tres amigos sentados en un bar, en un atardecer de sábado.  También estaban los chongos de la mesa de al lado, sólo que esta vez el mazo de cartas descansaba en el centro, mientras ellos disfrutaban sus cervezas en silencio.  Parecía que, como nosotros, estos chongos ya se habían jugado todas sus cartas.  Lamentablemente, eso no siempre alcanza para ganar la partida.

Próximo posteo: viernes 21 de diciembre

6. Role Play

Posted in Español, General by admin on the Noviembre 9th, 2007

por Leandro Fogliatti

tijuana.blogia.comSentí la tibieza del sol sobre mis párpados, aún cerrados.  Me acomodé boca abajo y hundí mi cara en la suave almohada de plumas.  Olía a Nacho.  Inspiré más profundo.  Toda la ropa de esa cama olía a él.  Estiré mi brazo y no lo encontré.  Su lado estaba vacío, pero aún tibio.  Me arrimé a la huella de su calor y olí la blanca y arremolinada sábana.  Mezcla de perfume dulce y sudor agrio, eso era Nacho para mi nariz.  Me desperecé, narcotizado por sus fragancias.  Un rumor de lluvia me dio escalofríos y cubrí mi desnudez.  Nuestra historia podía contarse en semanas, a través de varios encuentros en su departamento, entre cenas informales y sexo.  Nacho viaja bastante, pero intentamos aprovechar muy bien el tiempo que podemos compartir.

El rumor de lluvia cesó.  Me incorporé para ver salir del baño a Nacho, todo húmedo, con un toallón blanco atado a la cintura.  Se arrodilló sobre la cama y me besó.  Aliento tibio, menta.  Piel suave y aftershave.  ¡Qué ganas de comérmelo todo!  Sin embargo, y en contra de mis deseos, no abrí mi boca, empastada y maloliente, respetando así rigurosamente una de las tres situaciones que debía evitar cuando estaba con Nacho, de acuerdo con los consejos de mi room-mate.  Nacho me preguntó si había dormido bien.  Sonreí y asentí.  Nos acariciamos.  Las personas tendemos a establecer rutinas.  En nuestro caso, esas caricias por la mañana significaban calentura, confirmada por una protuberancia entre los pliegues del toallón de Nacho y una alegre carpita bajo la sábana que aún me cubría.  Y de acuerdo con nuestra rutina, Nacho buscó mi espalda, entre besos y suaves mordiscos.  Nuestros roles nunca fueron pautados, se fueron dando así.  Sencillamente, Nacho desempeñó la parte activa y yo me adapté.  No me disgusta para nada ser pasivo, pero habiendo tantas posibilidades en el sexo, ¿por qué conformarse con una sola, y siempre la misma?  Decidido a salir de mi rol, intenté ser yo quien buscara su espalda.  Pero su brazo fuerte y fibroso me venció, y otra vez terminé de cara contra la almohada de plumas.

“¡Siempre pensé que eras una pasiva empedernida!”, declaró Gabriel, durante un almuerzo en nuestro departamento.  “¿Y se puede saber por qué?”, le pregunté indignado por su actitud rotuladora.  Por toda respuesta obtuve una feroz carcajada, tras lo cual regresó su atención a La Tigresa del Oriente.  ¿Pero puede ser que, ya en el siglo XXI, todavía tengamos un sexo tan estructurado?  Desesperado, me volví hacia Rodri, pero el chonguito miró al piso y se puso colorado.  En realidad, la opinión de Rodri no me interesaba, básicamente porque su sexualidad era un misterio para mí.  Bueno, tal vez era justamente eso lo que me molestaba, considerando que mi role play resultaba tan evidente para los demás.  Pero, en ese momento el chongo alzó la vista y declaró: “Hacé fierros”, y su palabra me inspiró.  Si los roles entre Nacho y yo se establecían por una cuestión de fuerza, tal vez una solución sería incrementar mi tono muscular.

articulo.mercadolibre.clCoherente con mi ambicioso plan de cambio de roles, esa tarde decidí no sólo pagar la cuota del gimnasio, sino además usarlo.  Guido, resultó llamarse mi entrenador.  Desde el comienzo, Guido demostró una excelente predisposición para guiar y aconsejar a las adolescentes que se ejercitaban en el salón de musculación, dedicándoles tiempo y conocimiento. Tal actitud dejaba fuera de su orientación a una gran población de mujeres de más de 40 y varones en general, quienes podíamos sufrir desgarros o desviarnos la columna sin que Guido se enterara.  Así las cosas, yo tuve que recurrir a una suerte de simbiosis intuitiva (y no siempre exitosa) para interactuar con las máquinas.  Y se ve que estaba dando un pobre espectáculo, porque se acercó Diego, un compañero de gym con el que ya habíamos cruzado algún saludo.  Diego me aclaró que yo estaba en la máquina de remos, y no en la de espinales, como pretendía, y que no se trataba de que no funcionaba, sino de que yo estaba sentado exactamente al revés.  Sin exagerar, pero con la constancia que a mí me faltaba, Diego siempre se había tomado el tiempo para cuidar de su físico.  “No creo tener tu voluntad”, le confesé.  Me propuso que viniera los mismos días que él y entonces me ayudaría.  Ya sea porque notó nuestra conversación o porque ya no quedaba ninguna jovencita gimoteando por ahí, Guido se acercó con cara de western.  “Les recuerdo que el profesor soy yo –dijo, mientras lanzaba una mirada testosterónica a Diego; luego se dirigió a mí:- ¿Y vos quién sos?  ¿Tenés una rutina armada para usar esa máquina?  ¿Quién es tu entrenador?”  Así, Guido se defendía de lo que había sentido como una invasión por parte de Diego, quien ahora desplegaba un repertorio de muecas, a sus anchas espaldas.  Pero al instante, una tierna vocecita femenina distrajo al entrenador_marca_territorio.  “Gui, ¿me ayudás con esta mancuerna?”, suplicó la zorrita de 15 años.  Y así no volví a ver a Gui aquel día.  Me pregunté si mi entrenador tenía derecho a defender un rol que no cumplía adecuadamente.  Y eso me hizo pensar que si deseaba un cambio con Nacho debería ser capaz de hacerme cargo.  ¡Cuánta responsabilidad!

bonbons.myblog.itFer y Scotty habían regresado de su luna de miel en Bahía, Brasil.  Anochecía cuando los fui a visitar.  Habíamos descorchado un merlot y nos habíamos ubicado delante de un LCD para disfrutar del álbum digital que había armado la feliz pareja, con las fotos de su viaje.  Tomados de la mano, no dejaban de sonreír, mis amigos, irradiando alegría y distensión.  El rol de pareja les sentaba mejor que nunca.  Pero el timbre sonó.  Scott abrió la puerta y Noelia lo esquivó para treparse a los brazos de su padre.  Con Noelia a upa, Fernando se acercó a la puerta para hablar con Laura, su ex mujer, quien había sido desbordada por una urgencia laboral y necesitaba dejarle a su hija esa noche.  Pude ver una mueca amarga en el rostro de Scott.  Ambos llevamos el vino y las copas hasta la cocina.  “¿No hay química con Noelia?”, le pregunté.  “La habría, si ella supiera quién soy”, me respondió.  A Scott le molestaba el cambio de roles que se veía obligado a hacer, toda vez que Noelia entraba en escena: de pareja a amigo.  Es más, sostenía que tal comportamiento confundía a la niña e impedía que ella y él se comunicaran.  Del otro lado, a Fernando se le hacía imposible compatibilizar sus roles de pareja gay y padre.  Y además estaba Laura, quien se oponía con firmeza a contarle a su hija la realidad de la situación.  Así que cada vez que Noelia preguntaba quién era Cot (le costaba pronunciarlo) y por qué vivía con su papá, se le respondía que eran muy buenos amigos.  Pero Noelia seguía preguntando lo mismo una y otra vez.  Así que Scott daba por sentado que la respuesta no la satisfacía y de que ya sabía perfectamente quién era él; sólo buscaba una confirmación.  “¿Y entonces qué opinás vos?”, me preguntó el americano.  Y yo sólo pude responderle con otra pregunta, más acorde con mis inquietudes de aquel día: “¿Cómo negociaron ustedes sus roles en la cama?”  Scott se excusó un par de veces en la barrera idiomática, pero ante mi insistencia me asestó una respuesta lapidaria: “Hablando”, me dijo.

Cuando Scotty y yo volvimos al living, en el LCD las fotos habían sido reemplazadas por Shrek.  Noelia, que hasta ese momento reía con su papá, selló sus labios al notar nuestra presencia y miró fijo a la pantalla.  Y así el silencio reinó hasta que Shrek besa a Fiona y la princesa se convierte en ogro para siempre.  “Ellos son diferentes”, me dijo Noelia casi en un susurro.  “Claro, –le confirmé- son ogros… -y en ese momento empecé a dudar de lo que la niña me había querido decir, así que agregué con cautela:- …y se quieren”.  Noelia miró de reojo a Scott, sonrió con un poco de vergüenza y volvió su atención a la película.  Y yo me quedé sin saber bien de qué habíamos estado hablando.  Tanto Fer como Scotty habían ignorado nuestra conversación.  Ambos estaban muy serios, muy distantes el uno del otro, tanto física como (sospecho) emocionalmente.

www.calmadigital.infoEn otra parte de la ciudad, Rodri acompañaba a Gabi a una sesión de kinesiología.  Los dos se preguntaron para sí qué había pasado con la señora masajista de las primeras veces, cuando al box se asomó Braulio, un brasileño escultural, en cuya mano derecha cabía por completo el lesionado pie de mi room-mate.  Y tan diferente fue esta sesión, que mientras Gabi fue masajeado por Braulio, el primero no abrió ni la boca ni los ojos, cuando antes sólo regalaba sus miradas a Rodri y sus palabras (sus muchas palabras, a decir verdad) también a Rodri, a la desaparecida señora masajista, al resto de los pacientes y a todo el personal técnico de aquella institución. Mi room-mate sólo pudo reconocer el malestar de Rodri cuando iban viajando en taxi y Braulio y su sonrisa tan blanca y encantadora habían quedado bien lejos.  Tal vez debido a su relajación muscular, o quizá  de puro guapo nomás, la cuestión es que Gabriel creyó ver una posibilidad para aclarar roles.  “¿Estás celoso?”, arriesgó sin medir consecuencias.  ¡Pobre, mi roomie!  Mejor hubiera sido para él prolongar el silencio, saboreando los recuerdos inmediatos del masaje interracial.  Pero no.  Su capciosa pregunta desencadenó en Rodri una reacción de machonguismo: “¿Qué decís, boludo?  ¿Estás en pedo?  Si vos sos puto, es tu problema.  ¡No confundas nuestra amistad, eh!”  Y ya no hubo posibilidad de diálogo.  Rodri se bajó del taxi y Gabi se quedó más confundido que nunca, sin entender esta relación, ni mucho menos sus roles, claro.

Pero yo sí que estaba decidido a hablar de roles.  Instalados otra vez en la cama, declaré: “Tenemos que hablar”.  Nacho sonrió y me susurró que me escuchaba, mientras besaba mi cuello.  “No, no –le dije- Tenemos que hablar con cierta distancia o no voy a poder concentrarme”, e interpuse entre los dos una barrera de almohadas.  Así que mi novio se acomodó y aguardó expectante.  Siempre que estoy nervioso, al contrario de mucha gente que conozco, soy víctima de una verborragia incontenible.  Así que avasallé a Nacho con mis inquietudes: que la variedad es más divertida, que es bueno explorar nuevas posibilidades, que la rutina no es sana; llegué incluso a reflexionar sobre el riesgo hemorroidal.  Sin embargo, Nacho estaba un poco perdido entre mis generalizaciones y no lograba vislumbrar mi real preocupación.  “Estoy cansado de poner siempre el culo”, le dije como para aclarar.

http://www.chrisgeary.co.uk/Nacho se hizo cargo de la situación, pero me advirtió que él nunca había experimentado un rol pasivo, que le costaría intentarlo y que creía que no lo disfrutaría.  Yo le aseguré que iríamos de a poco, que tal vez podríamos comenzar con un dedo de mi mano (y Nacho se puso pálido), pero que siempre usaríamos el lubricante necesario (y a Nacho le apareció algún matiz rosado), y que no teníamos ningún apuro (finalmente, colores saludables en su carita preciosa).  Esa noche la rutina cambió.  No se nos antojó el sexo.  Yo le conté lo que había pasado en casa de Fer y Scotty.  Y él me explicó un poco más acerca de su trabajo, que básicamente consistía en promocionar la producción de Paula y negociar convenios con otras editoriales y medios.  ¿Significaría esto que nuestra relación avanzaba?

Bouns Track

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