7. Las Cartas sobre la Mesa
Un cálido viernes, tres amigos nos encontrábamos compartiendo vinos en un bar. “Si no existen manuales para padres, ¡imaginate para padres gays!”, yo le decía a Fernando, y al mismo tiempo pensaba si tal vez no fuera un buen negocio editorial escribir uno. “Si las locas se asumieran a tiempo, no meterían el pito en lugares equivocados”, sentenció Gabriel. “¿Y qué hay de las parejas gays que quieren tener un hijo? –le reproché su comentario– ¿No estarían ante el mismo problema?” “Esas son locas desquiciadas y asimilacionistas de la cultura hétero –acusó mi room-mate extremista– ¡Hay que encerrarlas!” “El problema no es tanto Noelia, –explicaba Fer– sino la presión de Laura y Scott.” Y es que las posiciones se habían endurecido hasta la necedad. Scotty reclamaba que a Noelia se le hablara acerca de la verdadera naturaleza de su relación con Fer, y Laura se oponía terminantemente. Fer temía que cualquiera fuera su decisión, afectaría negativamente, o bien a su pareja, o bien al régimen de visitas que mantenía con su hija. “Por lo menos tu pareja tiene en claro lo que quiere, porque lo que es la mía…”, comparó Gabi. Por supuesto, mi roomie se refería a Rodri, de quien no había vuelto a tener noticias desde aquel viaje en taxi. Inútil era sugerirle que tal vez el mozalbete en cuestión no fuera gay, que no habían compartido nada más que un par de cervezas (que Gabriel detestaba) y un frustrado partido de fútbol (que Gabriel detestaba aún más).
De pronto, me di cuenta de que mis amigos me estaban mirando. “¿Qué? –pregunté sobresaltado– ¿Otra vez derramé vino por el costado de mi boca?”, e intenté verme a través del reflejo del vidrio de mi copa. No. En realidad, era mi turno para expresar alguna preocupación. Pero la verdad es que no tenía ninguna, y así se los dije. Me sentía feliz con Nacho y entusiasmado con mi escritura. “Ah”, contestaron a dúo, y yo no pude evitar sentirme culpable. ¿Por qué? ¿Acaso está mal visto sentirse bien? ¿Es algo argentino, digamos tanguero, o será también algo mundial?
“¡Truco, carajo!“, gritó un chongo de la mesa de al lado. ¿Hay algo peor para un grupo de gays, que se han juntado a chusmear, que tener al lado una barrita de chongos jugando al truco? Probablemente, torturas como ésta abunden, si es que existe, en un infierno para gays. Sin embargo, para Fernando resultó inspirador; apoyó una mano sobre el hombro de Gabirel y dijo: “Tal vez debamos hacer justamente eso, Gabi, poner las cartas sobre la mesa, enfrentar nuestro entorno.”
Aunque mi vida marchara bien, no me resultaba ajena la propuesta de Fernando. Aquella noche cenaría con Paula, mi editora, y aprovecharía para reclamarle las cartas que hasta ahora no se había animado a mostrar. Le exigiría que me explique por qué había estado tan distante desde que Nacho y yo empezamos a salir. Así que, una vez sentados a la mesa, y en un diálogo sin sentido, Paula me hablaba de trabajo y yo de nuestra amistad. “Hay que aprovechar mejor el espacio de Bola de Espejos; esa novelita me parece un desperdicio de tiempo y tecnología”, me decía. “Te molesta que narre acerca de mi relación con Nacho”, provocaba yo. “Quiero que empieces a preparar informes sobre temas de interés gay”, ella insistía con el trabajo. “¿Estás celosa?”, cortaba yo. “Podrías, por ejemplo, empezar investigando las nuevas estadísticas de VIH en la población gay, y compararlas con la población heterosexual”, ella ignoraba mis comentarios. “¿Te molesta que Nacho sea gay?”, yo no pensaba claudicar. Finalmente, Paula decidió que este diálogo no conducía a ninguna parte y puso sus cartas sobre la mesa. No fueron las que yo esperaba. “No me preocupo por Nacho –dijo y me miró a los ojos por primera vez en muchos días– me estoy preocupando por vos, boludo”. Al parecer mi editora se había llevado la sorpresa, al enterarse de que su hermano tenía una historia con otro señor, que encima venía a ser yo. Anteriormente, sólo le había conocido novias mujeres (y no fueron pocas, según parece). Paula sumaba estos antecedentes al hecho de que Nacho nunca había tenido una relación estable, y temía por mí: “No quiero que salgas lastimado, eso es todo”. La preocupación de Paula me conmovió. No deseaba para mí el dolor que había sufrido en su reciente separación con Lucas. Sin embargo, sus palabras también me alertaron, porque yo podía ser la primera experiencia gay de Nacho. “¡Por eso lo de los roles!”, pensé. De pronto sentí una terrible responsabilidad. ¡Qué tonto que fui! Yo lo estaba presionando para que sea versátil, cuando no había tenido ninguna experiencia. Esa noche, Paula y yo volvimos a acercarnos, aunque debió explicarme de nuevo su propuesta de trabajo, que yo había desoído por completo.
Al día siguiente, Fernando decidió enfrentar a Laura y a Scott, en un brunch sabático, en el living de su departamento. Lamentablemente, 45 minutos después de haber servido el primer café, y habiendo agotado toda su diplomacia, Fernando se dio cuenta de que las mediaciones internacionales no eran su fuerte. “La educación de mi hija es mi responsabilidad, no la suya –reclamaba Laura, sin mirar a Scott– ¡Yo decido qué explicarle y qué no!” Pero Scott contraatacó, no sólo sin mirar a Laura, sino además señalándola con el pulgar: “Los programas de televisión seguramente ya le malinformaron lo que ella se niega a explicar”. Pero el detonante definitivo estuvo a cargo, como suele estarlo en general, del sexo femenino: “Quiero que mi hija crezca en un ambiente normal”. Esta venenosa declaración sacó de quicio al americano, que ya no pudo sostener el español: “She thinks we’re not normal people, doesn’t she?”, le preguntaba a Fernando, quien a estas alturas estaba hundido en el sillón de mediador. Laura interpretó el cambio de lengua como una descarada provocación, así que se puso de pie y chilló con todas sus cuerdas vocales: “¿Qué dice? ¿Por qué no habla español? ¿Acaso no respeta el país que tuvo la deferencia de albergarlo? ¡Más le vale que tenga todos sus papeles en regla…!”
No muy lejos de allí, también Gabriel había decidido exigir las cartas sobre la mesa. Mi roomie se había puesto una remera con Marilyn Manson estampado en su delantera (su remera de guerra) y había ido directamente al supermercado, porque, como siempre, nuestra heladera estaba vacía, pero además, por supuesto, para encontrarse con su ex… repositor, digamos. Así que se acercó al sector de frutas y verduras, en donde casualmente Rodri estaba acomodando mercadería fresca. No había nada más excitante para Gabi que contemplar los brazos musculosos de Rodri, tensados por el peso de los cajones de frutas, que transportaba y acomodaba. Notar su remera húmeda de sudor, el mismo sudor que brillaba sobre su piel trigueña, desencadenó punzantes palpitaciones en el sensible pecho de Gabriel. Pero fueron los movimientos del chongo los que más lo conmovieron; las piernas abiertas, los brazos abarcando todo su espacio, los giros bruscos, las expiraciones por el esfuerzo… ¡Tan hombre, tan chongo, tan tosco y estimulante al mismo tiempo!
Si bien el fibroso repositor notó inmediatamente su presencia, le hizo caso omiso y no le dirigió la palabra. Conociendo como conozco a mi room-mate, esta actitud debió haber desencadenado una alteración nerviosa en su organismo, que, sin embargo, no se manifestó a través de la palabra. Sencillamente, Rodri vio rodar un kiwi, una naranja, un limón, una manzana y, antes de que el amante despechado pudiera echar a rodar el melón que había elegido, el más grande y más maduro, Rodri se le plantó delante, llevando en sus brazos lo recogido del piso, suficiente como para preparar una rica ensalada de frutas. “Qué”, dijo el chonguito. “Qué”, dijo mi roomie. “Me estás molestando en el trabajo”, le reprochó Rodri. “Me estás cagando la vida”, Gabi subió la apuesta. “Te la cagás vos solo. Yo no soy lo que pensás, rajá de acá”, concluyó el hombre, el tosco y estimulante chongo. Sin embargo, tales y tan terminantes palabras no alcanzaron para acallar las que Gabriel tenía bajo su manga, y que desde siempre, desde que había jugado con su primera Barbie, había querido pronunciar: “¡No me obligues a armar un escándalo!”. Desesperado, el chongo lo arrastró hasta un depósito de verduras y cerró la puerta. Cuando se dio vuelta, la remera de Marilyn Mason le hacía fuck you desde el suelo. Mi roomie, hábil para estos menesteres, ya estaba totalmente desnudo. “Vestite”, suplicó Rodri. “No”, contradijo Gabi, mientras exhibía orgulloso una impertinente erección. “No puedo conversar si no estamos parejos”, trató de conciliar, el chongo. “Entonces, desvestite”, propuso Gabi, con conveniente lógica. ¿Pero qué fue lo que pasó por la cabeza de Rodri, en esos segundos de tensión? Ya sabemos que su psique es un misterio, pero esta vez nos vino bárbaro, ya que el chongo se sacó la ropa con violencia y mostró su as de basto, erecto y palpitante hasta lo insoportable, y se abalanzó contra mi extasiado roomie, a los besos y estrujazos, arrinconándolo contra frescas hojas de lechuga y jugosos tomates. Por supuesto, Gabriel no ahorraba detalle cuando me recreaba la escena, mientras me servía una porción de ensalada de lechuga y tomate, que yo observaba con preocupación. “Tenías que verlo, tenías que sentirlo, era como un guerrero enfurecido, divinamente violento… ¡Me destrozó!”
Dejé a Gabriel solo con su erotismo bélico y fui a buscar a Nacho al aeroparque. Era sorpresa. Nacho regresaba de Mendoza y no habíamos quedado en vernos sino hasta la noche. Quería decirle que lamentaba haberlo presionado, que no me importaba que no hubiera tenido otras experiencias gays. Finalmente, yo también necesitaba poner las cartas sobre la mesa. Detrás de un grupo de pasajeros, apareció mi novio, acompañado de un señor, digamos, cincuentón y de una mujer algo menor. La intención fue efectiva. Al verme Nacho se sorprendió, aunque no hubo sonrisa en su rostro. Me presentó a Jorge González, un editor de un diario del sur y a su esposa, Macarena Soler de González. “Y él es un amigo”, me señaló. Y eso fue todo. Quiero decir, después de dos presentaciones completísimas, con nombre y apellido y cargo y empresa, como corresponde, venía yo, un amigo, apenas señalado.
Compartimos un taxi, primero hasta el hotel en donde se hospedaría la pareja y después hasta el departamento de Nacho. “¿No te gustó que te fuera a buscar?”, le pregunté. Nacho se tomó un tiempo para responder. “No me gusta que me estén encima, Leandro”, concluyó. Definitivamente, no era lo que pensaba escuchar y ahora fui yo quien necesitó una pausa, tras la cual arriesgué: “Creí que estaba haciendo lo que haría cualquier novio…” Pero Nacho me detuvo con su índice levantado y finalmente fue él quien puso las cartas sobre la mesa: “Nosotros no somos novios.”
Muchas veces me he preguntado (y me he maravillado, incluso) por qué ante una misma realidad suelen existir interpretaciones tan diferentes. ¿Cómo podía ser que lo vivido hasta el momento no significara lo mismo para Nacho y para mí? “Juntos la pasamos muy bien –me dijo– pero es todo, al menos por ahora.” Ya con la angustia en mi garganta yo le había preguntado si tenía miedo por ser ésta su primera experiencia gay. Pero él me había respondido que había estado con muchos hombres y con muchas mujeres.
“No pude manejar la situación –les contaría más tarde a Fernando y a Gabriel– prácticamente salí corriendo de su departamento”. Mientras Gabriel me alcanzaba una servilleta para que me secara las lágrimas que yo no podía evitar, Fernando me servía más vino. Porque nuevamente éramos tres amigos sentados en un bar, en un atardecer de sábado. También estaban los chongos de la mesa de al lado, sólo que esta vez el mazo de cartas descansaba en el centro, mientras ellos disfrutaban sus cervezas en silencio. Parecía que, como nosotros, estos chongos ya se habían jugado todas sus cartas. Lamentablemente, eso no siempre alcanza para ganar la partida.
Próximo posteo: viernes 21 de diciembre
on Noviembre 30th, 2007 at 8:54
Noooooo!!!! Porque siempre tenemos que terminar llorando! Muy emotiva la entrega! Las necesito mas seguido… me estoy convirtirndo en un un “fogliadicto”! Saludos!
on Noviembre 30th, 2007 at 9:45
Lean ge-ni-al como siempre que turrito que resulto siendo este nacho y que bien que se la paso Gaby hasta me dieron ganas de correr al Disco obvio que al sector…. FRUTAS Y VERDURAS!!!!!
besos, cariños y abrazos!!
on Diciembre 2nd, 2007 at 4:38
Por queeeeeee tan largo? cuando es bien sabido que la tendencia actual de los lectores, es la de elegir artículos cortos. Patético el uso de la palabra “chongo”, como así también la trillada descripción del “Rodri” con su remera sudada… me aburrí!
on Diciembre 2nd, 2007 at 16:03
Hola Leandro: Este capítulo es una excelente muestra de todas las situaciones desagradables por las que tenemos que pasar aquellos que realmente buscamos una relación seria y estable.. Por estos días estoy viviendo una realidad similar y tu capítulo me ha servido para tomar la decisión de colocar las cartas sobre la mesa… Gracias a Dios a la final siempre quedan los buenos amigos que te aceptan tal y como eres…
Congratulations y muchas gracias por permitirnos formar parte de esta maravillosa historia…
Un abrazo. Bye.-
on Diciembre 3rd, 2007 at 15:08
Me parece buenisimo, todo lo que he leido hasta ahora,No puedo esperar hasta el proximo capitulo, es realmente muy realista lo que escribis acerca de las relaciones. Yo estoy pasando por una buena historia para algun futuro capitulo,estoy en pareja hace dos anhos y tengo que soportar todavia al ex-novio de mi novio, que tal? Besos Rauly desde Miami
on Diciembre 8th, 2007 at 19:52
Amigos, muchas gracias a todos por sus comments.
Gracias a los que se identificaron, a los que se emocionaron y a los que no tanto, jaja. No se puede agradar a todos, está visto.
Pero sí estoy estoy notando que hay demanda para postear más seguido, y también mucho interés de participar con anécdotas propias. Veremos qué se puede hacer al respecto, en breve.
¡Un gran abrazo!
on Diciembre 15th, 2007 at 23:14
Hola Lean -apareci-, Me quede con muchas cosas del relato, pero lo mas significativo fue tu cuestionamiento recurrente:
“Muchas veces me he preguntado (y me he maravillado, incluso) por qué ante una misma realidad suelen existir interpretaciones tan diferentes”…..
Lo mismo me pregunto, y tiendo a las posibles explicaciones: “Sera que nos basamos en un modelo meramente Hetero para plantear nuestras relaciones supuestamente estables, y pretendemos que funcionen de igual manera sin tener en cuenta que los codigos son totalmente diferentes”? Sera que deben seguir un curso diferente al que suponemos pero, de alguna manera, nos supera y terminamos por abortar”? “Sera que plantear una relacion ‘como solo ser amigos’ implica menos compromiso y menos sentimiento de culpa ante un cambio de intereses respecto a la persona buscada, por parte del otro - esto creo que es una posicion mas comoda-.
Obviamente, que ante una nueva realidad se plantean nuevos paradigmas a los que tratamos de ajustarnos para poder explicarla, quizas todo esto se deba al gestionamiento de nuestra identidad de genero que estamos haciendo, algo asi como la crisis que esta sentando las bases para que en un tiempo a venir podamos afianzar, ya no las relaciones, sino vinculos mas profundos sin tener que andar “disfrazando” realidades, posiblemente la clave no sea una relacion estable sino buscar vínculos estables con la otra persona, entendiendo a gestar un vinculo como una categoria mas elaborada y sostenida en la socializacion humana, tene en cuenta que lo que nos ata familiarmente son los vinculos y no las relaciones familiares, la relacion puede ser buena o mala -entre otras- pero el vinculo va mas alla de eso. Imaginate a tu vieja diciendote:”Juntos la pasamos muy bien pero es todo, al menos por ahora, No soy tu madre”….(CUAK!)
Pienso que solo cuando esto se comience a suceder, surgira por fin una respuesta satisfactoria al cuestionamiento que desencadeno este posteo.
Nene…..mira lo que me haces pensar!!! Mi cabecita en estos dias esta con finales y justo vengo a leer tu entrega!!!!!
Vas a rendir por mi???? je!…..
UN BESO ENORRRRRMEEEE….
on Junio 7th, 2008 at 17:10
[…] me respondió que es lo que hubiera hecho cualquier novio, después de unos días de ausencia. ¿Les suena conocido? ¡Qué irónica que es la […]