8. Escandalosas
La ciudad iba quedando atrás, mientras un cielo tormentoso ganaba espacio en aquella mañana oscura de vísperas de Nochebuena. Agradecí en silencio que Diego coincidiera en este viaje, porque pensar en abandonar Buenos Aires, así, solo como me sentía, me provocaba una sensación de desamparo semejante a la de un nene cuando su madre le suelta la mano en su primer día de escuela. Y hablando de madres, y ya que a su encuentro me dirigía, tampoco me resultaba muy atractiva la idea de lidiar con una cena navideña en La Pampa. Definitivamente, mal momento para abandonar Buenos Aires.
Dos días atrás, en el gimnasio, le había comentado a Diego mi pesar respecto de este viaje, mientras miraba por una ventana con mi flojera de siempre, y él me había contado que por motivos similares viajaría a Chubut, mientras trabajaba sus bíceps con su habitual disciplina. Y fue en aquel momento cuando él me propuso compartir nuestros viajes, ya que General Pico, mi destino pampeano, quedaba en su camino. Diego había asegurado, además, que prefería conducir acompañado, no importaba si conversáramos o permaneciéramos en silencio; la soledad de las rutas no le simpatizaba demasiado y el camino a Chubut podía hacerse muy largo. Por mi parte, la perspectiva de viajar acompañado y en auto (en lugar de bus), aplacaba un poco mi rechazo hacia las navidades familiares. Así fue que, mientras continuaba mirando por la misma ventana del gimnasio, y mientras Diego ya se había mudado a una prensa para trabajar sus cuádriceps, yo había decidido hacer el viaje.
Y ahí estábamos, en pleno viaje, ya sin una sombra de la ciudad. Sólo la ruta, el cielo cada vez más borrascoso y nosotros. Y, por supuesto, era inevitable la charla con Diego acerca de Nacho. Sus conclusiones sobre mi decadente vida amorosa no fueron muy diferentes a las de mis amigos: que soy un embalado, que probablemente asusté a Nacho, que lo presioné demasiado, etc.; sólo Gabriel se había distinguido del resto, al recordarme lo que ya me había advertido en otra oportunidad: “Era demasiado tipo para vos”. Diego también opinaba que tal vez yo no había notado las señales que Nacho me había enviado. Y, muy a mi pesar, debía reconocerlo. Nacho nunca había hablado de amor. Había dicho, eso sí, que juntos la pasábamos muy bien y que siempre tenía ganas de volverme a ver. Punto. ¿Significaba eso que ya teníamos una relación? Bueno, evidentemente sí para mí. Sin embargo, parece ser negativa la respuesta más realista. Evidentemente, no basta con verse más de una vez para construir una relación. ¡Y yo que venía decidido a encontrar pareja, a partir de mi crisis de los 35! “Siempre hay uno de los dos que se entusiasma más que el otro”, me consolaba Diego. No pude evitar preguntarme si ese entusiasmo de más no sería más bien egoísmo. Después de todo, yo no me había detenido a pensar en qué estaba buscando Nacho, en qué era lo que él necesitaba. ¿Los que nos entusiasmamos con un par de encuentros, somos en realidad unos egoístas?
Cada vez más lejos nuestro, allá, en la ciudad, Gabriel entraba en el supermercado, como cada mañana de los últimos días. Y como cada uno de esos días, se dirigía al sector de frutas y verduras. Allí estaba Rodri, discutiendo con un compañero, mientras que ocasionalmente se llevaba una de sus enormes manos al pantalón, para acomodarse su protuberancia carnosa, que, entre tantos vegetales, a Gabriel se le antojó más apetecible que nunca. De reojo, Rodri divisó a mi room-mate, esperándolo, entre zucchinis y berenjenas, y dio por terminada la discusión con una palmada sobre el hombro de su compañero.
En el depósito se respiraba un dulce y fresco aroma a albahaca y se escuchaban las primeras gotas de una furiosa tormenta de verano. ¿Pero a quién le importa estos detalles, cuando la ropa ya está en el piso, revuelta por la prisa, y cuando los amantes también están revolcándose en el piso, porque no alcanzaron a improvisar un lecho, tan urgidos por los recientemente descubiertos ardores de Rodrigo y por los acumulados por Gabriel? Para la complicada sintaxis de esta pregunta hay una única respuesta: le importa a María. “¡Doña María!”, gritó Rodri cuando la vio, totalmente desnudo, escondiéndose detrás de mi roomie, que no estaba mucho mejor vestido para la ocasión. Resulta ser que Doña María, hermana soltera de un sacerdote ya fallecido, había dedicado sus últimas 50 navidades a recolectar alimentos para repartirlos entre los mendigos de los alrededores, la noche del 24 de diciembre, en la iglesia de la que su hermano había sido párroco durante tres décadas. Ahora sabemos lo que hacía Doña María en aquel depósito y ya sabíamos, desde el posteo anterior, lo que los chicos habían estado haciendo esos últimos días. Y, entonces, entenderán que semejante desfasaje entre lo que estaban haciendo unos y otra no podía pasar inadvertido por, digamos, prácticamente toda la cadena de supermercados. La cosa fue que, en aquel trascendente instante, los protagonistas permanecieron inmóviles, como anulados, sin capacidad de reacción, ellos esperando a que ella diga algo, y viceversa. Y así transcurrieron varios segundos (que tal vez fueron minutos), hasta que finalmente María salió corriendo, con la velocidad que su edad le permitía, y profirió un agudo chillido cuando, al paso, su amplia falda rosó el muslo desnudo del ardiente repositor.
Un chaparrón sobre la carretera suele ser un hermoso espectáculo para verlo desde adentro de un auto. Diego y yo no tuvimos esa suerte. Ambos chorreábamos agua y desesperación, mientras empujábamos el auto que, a dos kilómetros de General Pico, se había negado a avanzar, por un problema que nunca identificamos ni entendimos. Furiosos por el incidente y temblando por el agua fría, llegamos hasta una estación de servicio, ubicada en la entrada de la ciudad. Por suerte, y gracias a que la geografía de General Pico todavía no es muy extensa, allí pude encontrar a mi tío Cacho, quien se ocupó de llamar a un remolque y de acompañarnos hasta el taller en el cual le informaron a Diego, con eficiencia y precisión, que el repuesto averiado podría ser reemplazado en tres días; es decir, después de Navidad. Al principio, Diego no parecía muy feliz con el imprevisto del auto. Sin embargo, se fue amigando con la idea de pasar Nochebuena en casa de mis padres y tomar un colectivo hasta Chubut, a la mañana siguiente, el único servicio en donde pudo encontrar un asiento libre. Así pues, descansamos el resto de la tarde y nos preparamos para la cena familiar.
“No te preocupes -le había dicho Rodri a Gabriel, mientras se vestían-, no creo que Doña María se atreva a comentar algo”. Sin embargo, cuando los culposos amantes se asomaron al salón, los aguardaba una pequeña pero poderosa comitiva. El gerente del local había dejado el santuario de su oficina y encabezaba un grupo de compañeros y compañeras de Rodri que los miraban espantados y, por supuesto, estaba Doña María, con cara de yo-no-fui y la mirada clavada en un canasto de bananas brasileñas.
Despedido fue la palabra que empleó el gerente, mientras señalaba la puerta del local. “Y no se te ocurra reclamar indemnización”, agregó, como para redondear el caso. Y así, escoltados por desaprobadoras miradas, Gabriel y Rodrigo, dos verdaderos putos reventados (según las opiniones del barrio, a partir de aquel día), atravesaron un largo pasillo, al final del cual se encontraba la puerta de salida y también una clienta desorientada que reconoció el uniforme de Rodri y le preguntó por las ofertas de Navidad. “Tendríamos que iniciarles juico por discriminación”, declaró Gabriel. Pero Rodri ni siquiera lo miró; una vez alcanzó la vereda, siguió caminando solo, llevando a cuestas su vergüenza, desoyendo los angustiados llamados de mi amigo. ¡Ay!
La noche llegó y la cena navideña se sirvió. Estaba yo por llegar al comedor, cuando mi madre, Guillermina, me salió al cruce con una de sus ya clásicas (y reiterativas) advertencias: “Por favor, querido, durante esta cena no menciones nada muy gay”. Los dos nos sonreímos con cierto sarcasmo y dimos por terminada nuestra íntima reunión. No recuerdo haber visto a tanta gente reunida en torno a la mesa de mis padres. Allí estaban los familiares que no veía desde hacía un par de años, los amigos de la familia que incluso desconocía, y hasta un par de primas de mi edad, con sus maridos y seis niñas, a quienes yo era incapaz de identificar correctamente. Debo reconocer que fue impactante verlos a todos juntos, pero más impactante aún fue cuando, al vernos a Diego y a mí, todos juntos se callaron. “Es ese”, susurró mi tío Cacho a su esposa, la tía Ester. Por suerte el clima se quebró cuando se acercaron corriendo dos de las niñitas de alguna de mis primas y su padre intervino para reprenderlas por correr cerca de la mesa.
Con tal introducción Diego y yo nos habíamos puesto un poco nerviosos y hubiéramos preferido no hablar demasiado. Pero tal propósito no fue posible. “¿Qué estás escribiendo?”, preguntó una tía. “¿Y vos a qué te dedicás?”, la misma tía le preguntó a Diego, antes de que yo hubiera terminado de responderle. Pero lo más difícil fue cuando otra tía (tengo varias) me preguntó: “¿Y estás de novio?” En ese momento, hasta sus maridos (quienes se habían enredado en una discusión política) coordinaron un incómodo silencio para escuchar mi respuesta. “No”, dije, tratando de sonreír. “Ahh…”, respondieron a coro y retomaron sus conversaciones. “Lo que pasa es que vos debés ser un picaflor incorregible”, aventuró la tía de una de las tías que habían hablado anteriormente. “Es que en la ciudad uno se distrae con otras tentaciones -me guiñó el ojo su marido-, las minas son más sueltas, menos pacatas”. Y todos celebraron el golpecito que la anciana tía le pegó en el brazo a su atrevido marido, mientras yo me preguntaba cómo puede ser que esta gente todavía siga viva. Miré hacia la cabecera de la mesa, a mamá, quien abrió los ojos temiendo alguna declaración fuera del closet y me contuve. Sin embargo una de las tantas niñitas me preguntó lo inesperado: “¿Vos tenés novio?” No pude contestarle otra cosa que la cruel verdad: “No”. “Ah –continuó la niñita, mientras las inquietas miradas adultas escrutaban la escena- Porque los nenes no tienen novio…” “Nooo”, contestaron a coro los adultos. “Los nenes tienen novia”, la niñita reforzó la idea, por si alguien no la había entendido debidamente. “Claaaaro”, respaldó el clan familiar. Volví a mirar a mi madre, quien esta vez optó por cerrar los ojos e inspirar hondo, y, pidiendo el protocolar permiso, huí de esa mesa infernal. Entonces, las miradas se dirigieron al extraño visitante, vale decir a Diego, quien por las dudas aseguró no tener novio, tampoco. Y el clan lo festejó.
Allá, en la ciudad, Gabriel se encontraba a salvo del afecto familiar, pero extrañaba los cariños de Rodrigo. Inútil fue que llamara una y otra vez a su amado, durante aquella tarde. En vano se llegó hasta la puerta de su edificio y tocó varias veces su timbre. Gabriel estuvo a punto de pasar su peor Nochebuena, de no ser por la compañía de Fernando y Scott, con quienes compartió una íntima y agradable cena, en la que encontró amistad y contención.
Admito que extraño el parque de la casa de mis padres. Desde ahí, las estrellas se ven más brillantes. Las luces de la ciudad opacan el cielo nocturno y los citadinos suelen ignorar este maravilloso espectáculo que ofrecen las noches de verano. Así me encontraba yo, acomodado en un sillón y mirando las estrellas, cuando Diego se acercó. Me preguntó si estaba bien. Le respondí que sí, aunque mi cara expresaba lo contrario. Diego me abrazó y yo me sentí reconfortado. Dos segundos más tardes nos estábamos riendo de la ya anecdótica cena familiar. Y dos segundos más tarde, mi celular sonó. El display anunciaba “Nacho”. Miré a Diego y él se encogió de hombros. Era mi decisión. Y decidí no responder.
Próximo posteo: viernes 25 de enero