Bola de Espejos


9. La parranda

Posted in Español, General by admin on the Febrero 22nd, 2008

Por Leandro Fogliatti 

www.uark.eduNoche de verano en la ciudad.  Una hilera de veinteañeros inquietos y gritones bordeaba la vereda de una disco.  “¡No estoy acostumbrado a tener que hacer fila!”, protestaba Gabriel, con aires de diva y mirándome fijamente, como si yo fuera el responsable de tal burocracia.  Por supuesto, ni Gabriel ni yo somos veinteañeros, pero al igual que ellos necesitamos distraernos y conocer gente.  ¡Y vaya si lo necesitábamos esa noche!  En cuestión de días habíamos dejado de estar con los amores de nuestras vidas para volver a estar juntos y solos en nuestro departamento.  O salíamos, o nos matábamos.  Gabriel miró hacia la todavía lejana entrada de la disco: “¡Si ese patovica no nos hace pasar en dos minutos, nos vamos!”.

Cuarenta y cinco minutos más tarde estábamos al frente de la fila, próximos a entrar, con nuestras caras rebosantes de fastidio y malhumor.  ¿A quién podríamos conocer con esas fachas?  De cerca, el patovica resultó ser, en realidad, una lesbiana fortachona y bastante ruda que sacudió la cabeza hacia adentro para darme a entender que podía pasar, y que al mismo tiempo apoyó una palma de su manota sobre el pecho de Gabriel para impedirle el paso.  “Sólo gente que supere el metro sesenta”, declaró con voz ronca.  Gabriel pegó dos o tres chillidos y la cosa se puso peor.  Decidí volver sobre mis pasos para solidarizarme con mi roomie, pero la perra guardiana me miró feo y me www.chinadaily.com.cnadvirtió: “Flaco, me estás frenando la fila; ¿te vas o te quedás?”  Tartamudeando, se me ocurrió explicarle que me quedaría sólo si también dejaba pasar a mi novio, y señalé a Gabriel.  La muy maldita sonrió y preguntó: “¿Son novios?”  “¡Sí, sí!”, gritamos a coro Gabriel y yo.  “Entonces, dale un beso en la boca y los dejo pasar sin más vueltas”, sentenció el bulldog, mientras toda la fila gritaba: “¡Que se besen, que se besen!”  Y aquí abro un paréntesis para escribir algo que tengo atragantado, y no me importa que me prohíban esta columna: HIJA DE PUTA.  Cierro paréntesis.  Gabriel y yo nos miramos desesperados, pero resignados.  No sé qué hizo él porque yo cerré los ojos, puse mi boca en forma de “u” y la acerqué más o menos adonde calculé que él tendría la suya.  

Entramos al boliche shockeados por la imprevista experiencia.  “¿Estás bien?”, le pregunté.  “No, ¿y vos?”  “Tampoco; siento como que tuvimos una relación lésbica.”  Necesitábamos un trago y nos acercamos a una barra.  No había Margaritas.  Esto definitivamente era un mal augurio.  Gabriel pidió un agua mineral.  Yo me conformé con una cerveza.  Media hora de calor, pisotones y una redundante marchita taladrándonos los oídos, nos convencieron de que nos habíamos desacostumbrado a los boliches y de que tal vez deberíamos reconsiderar seriamente una tranquila velada con películas en casa.  Gabriel se fue al baño y yo decidí dar una vuelta. 

www.jaimeayala.com¿Mencioné los pisotones?  Tengo que agregar los empujones.  Parece que esa noche varios grupetes de amigos habían salido a celebrar el verano, saltando, bailando, haciendo pogo.  Uno de ellos acomodó su codo entre mis costillas y los dos caímos sobre un sillón, rociados por mi cerveza que salió disparada por los aires.  “¡Perdón!”, dijo el torpe, bruto, animal… rubio… bonito… sonriente… y dulce.  Yo también sonreí y agradecí el accidente, después de todo. 

Gabriel se detuvo en su camino, cuando escuchó los acordes de Strong Enough.  No pudo resistirse a la masculina voz de Cher y gritó el estribillo con toda su putez.  Sin embargo, hubo quien lo superó.  Al lado suyo, otro fanático le daba pelea en los gritos y en los espasmos histéricos que conformaban su dancing. 

Mientras tanto, la conversación con mi empujante me había motivado.  Él escuchaba y yo hablaba: “¡Y nunca me dijo que me amaba!  ¿Qué era yo para él, entonces?  Nada.  Un pasatiempo para cuando regresaba de sus viajes.”  Hice una pausa para probar la cerveza que Mauricio me había invitado para compensar el empujón.  “¡Todo fue muy cómodo para él desde el principio!  ¡Hasta para los roles en la cama!”  Tomé otro poco de cerveza.  Mauricio suspiró. 

upload.wikimedia.orgEn el piso de arriba, Gabriel también había logrado comunicarse.  A estas alturas, ya había dejado de discutir acerca de las pelucas de Cher con el otro fanático, y se había adueñado del discurso.  “Nunca aceptó escuchar otra cosa que la cumbia.  ¡Porque es un cerrado!  Tampoco aceptó que podía estar con otro hombre.  Y ahora me culpa, estoy seguro, de que lo hayan despedido del supermercado.  ¡Pero no es así!  ¡La culpa fue siempre suya!  Si no hubiera condenado nuestra relación a esos encuentros clandestinos, no hubiera pasado nada.”  El chico-Cher asentía en silencio, cada vez más serio y mirando de reojo alguna puerta de escape.  Es que Gabriel no pudo evitarlo.  Sin saber cómo, las lágrimas desbordaron sus ojos y el llanto le carcomió la voz.  ¡Sin proponérselo, sonaba como Cher!  Alcanzó a mencionar mi nombre y comenzó a caminar hacia la barra en donde me había dejado.  El chico-Cher, tal vez por solidaridad entre fans, lo acompañó.  No tuvieron que avanzar demasiado.  Me encontraron, también con lágrimas en los ojos y acompañado por Mauricio.  Como dos quinceañeras heridas nos abrazamos con Gabriel en nuestra desdicha.  Cuando nos separamos vimos que Mauricio y  el chico-Cher también se habían abrazado.  “¡Los contagiamos con nuestra amistad!”, exclamo Gabriel sonriente.  Pero no.  Tras el abrazo, siguió un besuqueo descarado y casi ofensivo, en nuestras propias narices.  No se despidieron.  Con urgencia se retiraron hacia algún rincón más íntimo y fuera de nuestro alcance.   

endrino.cnice.mecd.esLa noche era un verdadero fiasco.  En el lugar equivocado estábamos viviendo el duelo que nos habíamos negado a enfrentar.  “¿Nos vamos?”  Y hacia la salida nos encaminamos, cuando el afilado taco de una bota de cuero casi deja sin dedos el pie izquierdo de mi amigo.  Gabriel miró hacia arriba y se encontró con la sonrisa culposa de una travesti glamourosamente producida.  “¡Bruta!”, le gritó el herido.  Pero a ella parecía no importarle nada; sólo atinó a encogerse de hombros.  ¡Claro!, si ella iba acompañada de su chonguito, bien marcado y morochito, que la tomaba con celo de la cintura.  El morochito también se volvió y a nosotros se nos heló la sangre.  El morochito lindo y bien marcado resultó ser Rodri. 

Próximo posteo: viernes 21 de marzo