12. Histeria otoñal
Las hojas moribundas se desprenden de sus ramas para iniciar una muerte urbana, sucia, indiferente. Sonreí orgulloso de cambiar, aunque más no sea en una oración, el sino romántico que suele estampársele al otoño. Era como un ejercicio literario; como un desafío a la habilidad lingüística de recrear subjetivamente una posible mirada de las cosas. Mentira. Simplemente era capaz de perder el tiempo en cualquier cosa, antes que hacer lo que tenía que hacer. Me alejé de la ventana y me acerqué a Diego, quien ya alcanzaba la abdominal número 236. “No transpiraste ni una gota –me dijo Diego, entre la 237 y la 238- ¿Cómo hacés?” “No haciendo”, le dije con franqueza. Y me retiré del salón.
Que no haya chorreado transpiración no significa que no tenga derecho a higienizarme. No suelo usar las duchas del gimnasio (tanta exposición de cuerpos y testosterona termina poniéndome incómodo), pero aquella era una tarde con bastante actividad para mí y debía presentarme en las oficinas de Paula en menos de una hora; no hacía tiempo de volver a casa. Así que había ido al gimnasio preparado con un bolso y una muda más o menos presentable. Quien tampoco solía frecuentar el vestuario era Diego. Sin embargo resultó que ese día tendría una cita más cerca del gym que de su casa y se organizó igual que yo. Entonces, habiéndonos despedido en el salón, nos reencontramos en las duchas, como nunca nos habíamos visto antes, cuando yo ya me estaba enjabonando. Les quiero confesar que me sentí raro. Y creo que Diego también, porque se sorprendió al verme, se paralizó un instante y luego trató de desenvolverse con naturalidad. Es decir, él y yo hemos desarrollado cierta amistad y vernos en esta situación, no sé… De pronto me sentí como una quinceañera mojigata y pudorosa. ¿Por qué! ¿Puede acaso una ducha alterar una amistad entre gays? Seguramente para cualquier varón hétero esto no implicaría ningún planteo, pero no es el caso. Y por otra parte, Diego tiene un cuerpo excelente; no en vano lo trabaja regularmente con tanto empeño.
Lo que hasta ese momento más o menos tratábamos de sobrellevar alcanzó su extremo cuando Guido, nuestro entrenador, se sumó, con la desnudez de su cuerpo inflado. “¿A vos te parece lo que me hacen hacer?”, protestaba el entrenador mientras misteriosamente rociaba espuma para afeitar sobre su pecho. La tarea que le habían asignado era sencilla: afeitarse el pecho para poder ser pintado en la presentación de una nueva clase aeróbica. Con Diego intercambiamos rápidas miradas. Entendíamos que a Guido le molestara ser lienzo para un bodypainting, pero sabíamos perfectamente que le fascinaba exhibirse. Adivinamos inmediatamente que detrás de esas protestas se escondía una euforia que no tardó en manifestarse. “Encima yo tengo tres pelos locos –explicaba nuestro entrenador, mientras se afeitaba- ¡Miren!”, y se volvió hacia nosotros, no sólo mostrándonos la plenitud de su pecho, sino la de todos los atributos que yacían en el mismo frente de su cuerpo. Era demasiado para mí. Aunque no me había terminado de enjuagar, cerré mi ducha y me fui a vestir. Mientras huía tuve que reconocer tres cosas: nuestro entrenador podía ser insoportable, pero estaba bárbaro; Diego era mi amigo, pero cada día tenía un mejor cuerpo; en el futuro evitaría terminantemente las duchas del gimnasio.
Agitado y desprolijo, sin embargo llegué puntual a la reunión con Paula. Cuando todavía estábamos a solas, mi editora quitó un poco de jabón de mi lóbulo izquierdo y me acomodó algunos mechones de pelo, todavía húmedos. Después llegó Natalio Pérez, autor del libro El sexo de la paz, algo así como un kamasutra tántrico. Miré a Paula desconcertado. Ella nos presentó y rápidamente entró en tema: “Me parece que sos la persona indicada para acompañar a Natalio en una gira para presentar su libro por algunas provincias del interior”. Si bien Paula se refería a mí, en ningún momento dejó que su mirada se apartara de la de Natalio. Había una conexión atípica entre ellos. ¿Sería tantra? Natalio no movía un músculo, y si lo hacía resultaba imposible percibirlo debajo de su toga naranja, que vestía orgulloso. Y así transcurrió el resto de la reunión, ellos dos observándose y yo respirando a su lado. Paula esbozando un borrador de periplo y yo imaginándome cómo podría convivir con Natalio durante sus presentaciones.
Cerré la puerta de mi departamento con un suspiro. Tanto Gabriel como Diego se volvieron hacia mí. Gabriel desbordaba entusiasmo, y no era para menos: había encontrado a alguien que, quizá por cortesía, había accedido a escuchar su versión biográfica de Whitney Houston, con videos inéditos y diferentes versiones de un mismo tema. Diego, en cambio, lucía apesadumbrado y me dirigió una mirada de agradecimiento, por el solo hecho de haber entrado. ¡Pobre víctima! “¿Qué hacés acá?”, le pregunté. “Hoy te fuiste tan rápido del gimnasio, que olvidaste tu celular”, me respondió. “Está cada día más tonta, no me extraña”,
acotó Gabriel, mientras movía su cabeza al ritmo de I’m Every Woman. Diego sonrió y me alcanzó el celular extraviado. Tal vez la intimidad de una ducha no cambie nada entre dos amigos gays, después de todo. Quizá le estoy dando demasiadas vueltas a algo que no debería moverme un pelo. ¿O sí?
Gabriel salió, no sin antes dejarme en claro con un silencioso movimiento de labios que Diego le parecía muy lindo. Diego y yo improvisamos unos fideos con salsa y nos relajamos con un Chardonay. La pasamos bien. De hecho, la pasamos muy bien.
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11. Malena y Rodrigo (flashback)
No es justo que la vida nos sorprenda así. Cómo puede ser que la última vez lo hayamos visto acomodando dos plantas de lechuga en una góndola de supermercado y ahora le saque viruta al escenario con sus zapatos de charol. ¿En qué momento aprendió a bailar el tango? ¿O es que ya sabía? Bien, volvamos al meollo del asunto: la última nochebuena.
Mientras Diego y yo nos encontrábamos en La Pampa, a punto de padecer una cena familiar, Gabriel y Rodrigo cruzaban el umbral del supermercado, echados, expulsados, señalados y acusados por sus excesos de amor. Por más súplicas que Gabriel le hubo gritado, Rodri ni siquiera lo miró. Siguió caminando con paso lento pero constante, hasta que finalmente dobló una esquina y desapareció.
“Él volverá”, le dijo Scott durante la cena. Pero Gabriel sabía que había sucedido algo irreversible aquella tarde. No estaba seguro, no podía identificar un concepto, pero sabía que de alguna manera ese día había marcado un antes y un después. Ni las anécdotas de Fernando, que esa nochebuena estaba de lo más dicharachero, lograban distraerlo de sus angustias. La ansiedad le había impuesto una rutina agobiante; cada minuto extraía su celular y revisaba los mensajes. Nada. No podía ser que Rodri prefiriese pasar nochebuena solo; porque Gabi sabía perfectamente que Rodri se encontraba solo. ¿Qué podía estar haciendo?
Lo que mi roomie no se imaginaba es que la culpa que carcomía a Rodri hasta la vergüenza lo había conducido hacia la iglesia en donde Doña María, la centinela celestial que había denunciado la cópula corrupta, repartía entre los mendigos los alimentos que el supermercado le donaba. La mirada de Doña María es poderosa. Rodrigo no toleró su intensidad y cayó de rodillas implorando perdón. Y así fue como ella, oliendo a santidad, se acercó y acarició la cabeza gacha del judas verdulero. No sólo lo perdonó, sino que lo invitó a colaborar con su buena obra, repartiendo alimentos por el vecindario. Y así lo hizo Rodri.
Ya se habían alejado bastante de la iglesia y sólo restaban visitar un par de plazas, en donde se sabía que había mendigos por alimentar y contener. Pero Rodri nunca llegó tan lejos. En una de las veredas que caminaron, sentada sobre el cordón, lloraba una mujer que a Rodri lo impactó. Doña María, que a esas alturas ya estaba borracha de bondad, le sugirió a Rodri que se acercara y consolara a la pobre infeliz. Y así siguió su camino Doña María, rodeada de su séquito de incorruptibles colaboradores. Y así se acercó Rodri a quien se lamentara con un llanto que al repositor se le antojó encantador.
Rodri se sentó a su lado y, contagiado por la gracia de Doña María, empezó a hablar. Se preguntó en voz alta qué podía haber hecho sufrir a tal belleza para que llorara tan amargamente. Y no era que su llanto a él le molestara, porque incluso las lágrimas no podían opacar su belleza. Era simplemente un pena que una mujer tan hermosa sufriera en nochebuena. Y claro que tanta dulzura, que encima provenía de un chonguito tan bien proporcionado, hizo que Malena se calmara y esbozara una sonrisa. Por supuesto, esa sonrisa desencadenó varios mecanismos en el organismo de Rodri; entre ellos, una aceleración del ritmo cardíaco.
Y así comenzaron a contarse sus males. Sin entrar en demasiados detalles, Rodrigo denunció un inoportuno despido, en nochebuena, sin indemnización alguna y sin dónde caerse muerto. Por su parte, Malena había sido sorprendida ese mismo día por los efectos de una quimioterapia. Pasó su mano por sus cabellos y entre sus dedos se quedaron un par de mechones color castaño. Rodri empezó a relativizar sus problemas y en un impulso de amor abrazó a Malena por sus hombros y más tarde la besó.
“¿Sabés cantar? ¿Actuar? ¿Bailar?”, le había preguntado Malena, camino a su casa. No importa que nada de eso supiera Rodrigo. Aprendería. Ella se encargaría de eso. Esa noche, él conoció la casa de Malena, un antiguo conventillo de la Boca, que ella y sus amigos habían reciclado. “¿Dónde estabas, negra?”, preguntó un gordito simpaticón y bastante borracho. Rodri no se había imaginado que tendría una nochebuena tan bulliciosa y divertida. A partir de aquella noche, nuestro ex repositor conocería la bohemia de un grupo de artistas que sobrevivían entre espectáculos tangueros y producciones de teatro off.
Rodri estaba tan agradecido por este encuentro que incluso rezaba. Le rezaba a Dios, a la Virgen, a los Ángeles y hasta a Doña María. Jamás se hubiera imaginado a alguien tan adecuado para él, como Malena. Ella era una mujer, pero era más que una mujer. Era perfecta. Y por su parte Malena no hubiera podido encontrar una contención mayor que la de Rodrigo. Cada pequeño capricho era satisfecho por él. La acompañaba siempre al médico, a sus exámenes, a su aborrecida quimio. Fue él quien rapó su cabeza cuando a ella le tembló la mano para hacerlo. Ella gritó que era un monstruo sin sus rizos castaños. Él le juró que nunca permitiría que la insultaran por eso, que quién lo hiciera se arrepentiría para siempre. A los pocos días de haberse conocido, no podían separarse un solo minuto.
Rodrigo se daba más maña para los arreglos escenográficos que para los pasos de baile. Sin embargo, el grupo quería exhibir su morocha estampa arriba del escenario, por lo cual le enseñaron un par de pasos básicos y algunos trucos para zafar. Y Rodri se largó. Un poco torpe por los nervios de sentir miradas y reflectores sobre sí, se trabó en algunos pasos; pero salió adelante porque hacia Malena debía dirigirse y… ¡qué linda que estaba! Vestido negro, con un escote que ofrecía sus senos como una fruta condenada a ser disfrutada, mordisco a mordisco. Indudablemente, aún quedaban residuos de su anterior actividad en las metáforas que Rodri elaboraba en su cabeza de enamorado, mientras se acercaba a la estrella del tango alternativo. El primer abrazo, los primeros pasos, el primero tango que juntos bailaron: Los Mareados.
La noche del debut de Rodrigo salieron a bailar. Había mucho que festejar; su amor, su arte, una nueva vida juntos. La disco estaba atiborrada de gente, superpoblada. Sin embargo, ellos se sentían solos y dueños del lugar. Sólo percibían su amor. No había nadie a su alrededor. Tanto así, que Malena no se dio cuenta del taco que le clavó a un pobre infeliz que coincidió en su camino. Se dio vuelta, apenada. También lo hizo Rodri, cuando notó que ella se había detenido. Bueno, bueno, un pisotón tampoco es tanto drama. ¡Marica tenía que ser la víctima, para quedarse mirándola tan fijo, como si en lugar de haberlo pisado lo hubiera encañonado con una 45! Basta. No se merece ni unas disculpas. Media vuelta y a seguir para delante. Sin embargo, ahora es Rodri quien se detuvo. ¿Qué le pasaría a su bomboncito? Nada. Debió haber sido el alcohol, nomás. Sacudió su cabeza, dio media vuelta y empezó a caminar. Sin embargo, esa noche no dijo nada, ni hizo nada, que fue lo peor.
Y así llegamos a la noche del escándalo, la cuarta aparición de Rodri en escena, una más en la vasta trayectoria de Malena. ¡Ay, por qué esa estúpida turista no quiso salir a bailar! ¿Por qué dio lugar a que él apareciera, así de la nada, y lo abrazara delante de todo aquel público, que encima lo festejó? ¿De dónde había salido Gabriel? ¿De dónde? ¿Cómo habían sido cómplices sus amigos de semejante canallada? Pero lo peor de todo, lo realmente imperdonable, fue el agravio de dejar a Malena expuesta y vulnerable frente a su público. No había tenido tiempo en ese momento, porque la urgencia era contenerla a ella. Sólo había podido escupirle un par de palabras atragantadas por la bronca: “Sos la peor persona que conocí en mi vida”. Luego se encargaría. Estaba seguro de que Dios, la Virgen, los Ángeles y Doña María le regalarían la oportunidad para vengar a Malena.
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