18. Sueño de una noche de hospital
Parece que ese había sido siempre su sueño. El escenario del teatro, despejado, y una gran escalera que desde el fondo invadía toda la superficie; y en la cima, él, vestido como Aída, pero bajando escalón por escalón al son de Carmina Burana, que es como más intimidante. La cuestión es que Gabriel estaba ahí, a punto de terminar de bajar la escalera, haciendo fru-fru con las telas doradas que el sueño le había provisto, cuando un tomate podrido impactó en su pelvis y se las manchó. ¡Qué tupé! ¿De dónde había llovido ese insulto, que le había impuesto una mancha de menstruación? Levantó la vista y en la inmensidad de la sala vacía distinguió a Rodrigo, con una canasta de verduras corruptas. Algo le estaba gritando, gesticulando exageradamente, pero mi roomie no lograba comprender el mensaje. En cambio, continuaba recibiendo plantas de lechuga, pepinos, zanahorias, e incluso cebollas, que el ex – repositor, ahora danzarín, le arrojaba sin piedad.
Gabi abrió los ojos. Estaba agitado y sudoroso. Se encontraba de pie, en el medio de una sala de espera vacía. Alguien sostenía su mano. Era Malena. “¿Qué hacés acá?”, preguntó Gabriel, aturdido. “Yo también estoy enferma”, respondió Malena con una sonrisa. Cuando reaccionó de su sorpresa, Gabi quiso desprenderse de su mano, que parecía apretar la suya como una esposa filosa. “¡Soltame!”, le gritó. Sin embargo, Malena le aseguró que si lo hacía él se caería, y le pidió que le permitiera guiarlo de regreso a su habitación. Y así, mientras los primeros rayos de sol asomaban por los ventanales, Malena y Gabriel atravesaron de la mano ese pasillo. Ella le contó que tenía cáncer, pero que no estaba internada actualmente. Sólo tenía que venir un par de días por semana, por la quimio. Tras una pausa, durante la cual sólo sus pasos dialogaron, Gabriel permitió fluir sus intereses: “¿Él viene con vos?”. Malena fue sincera: “A veces”. Y avanzando un poco más, en su camino y en su corazón, Gabriel se animó a formular la pregunta definitiva: “¿Él es feliz?”. Y Malena se la respondió: “A veces”; luego abrió la puerta de la habitación de Gabriel. “Llegamos”, anunció.
Gabi abrió los ojos y nos vio a Fernando y a mí, que lo habíamos ido a buscar. Esa mañana le darían el alta médico. Por suerte, no había sufrido daños internos y sólo había estado internado un par de días. Cuando salimos de la habitación, Gabi miró a un lado y al otro. No podía explicarnos si lo había soñado o no, pero nos aseguraba que Malena visitaba ese hospital. Nosotros lo tomamos como estrés post-traumático y optamos por proceder como solíamos acostumbrar con Gabriel: le dijimos que sí.
Al día siguiente, los tres teníamos una importante cita con cuatro mujeres. Efectivamente, y no se trata de ningún error argumental: Fernando, Gabriel y yo asistimos al estreno de Sex & the City, la película. Desde hace años nos venimos dando sobredosis de la serie y no había nada que impidiera que ese jueves estuviéramos allí. Cuando salimos del cine, y mientras compartíamos un par de hamburguesas, nos dimos cuenta de que desde que vimos el primer capítulo de la serie, en el año 1998, habían pasado exactamente 10 años. Tal como las chicas, también nuestra amistad tenía su historia. Era mucho tiempo y habían pasado muchas cosas. Y uno no siempre se toma el debido momento para recordarlo, para valorarlo.
Cuando al día siguiente regresé a casa, luego de un par de aburridas reuniones en la editorial de Paula, me encontré con todo revuelto. Resulta que Gabi había decidido buscar algo que todavía no encontraba y mantenía en absoluto secreto. Había encontrado, sin embargo, algo que definitivamente yo hubiera esperado que no encontrara: el pañuelo de Nacho. “¿Lo querés guardar?”, me preguntó. “Dámelo -le dije muy seguro de mí mismo- Lo voy a tirar”. Pero cuando lo agarré, cuando volví a sentir su olor, no pude evitar rememorar las sensaciones de mi último cumpleaños. Lo odié más que nunca. ¿Cómo podía ser que me hubiera roto una ilusión tan perfecta! El portero eléctrico sonó. Era Diego, que me pasaba a buscar para ir a cenar. “¿Vas a estar bien, solo?”, le pregunté a Gabi. “Voy a estar bien”, me respondió.
La cena con Diego transcurrió plácida y distendida hasta los postres. En ese imperdonable momento, justo antes de que mi cuchara se hundiera en una mouse de chocolate blanco, Diego ensayó un análisis de nuestra relación. Ok, era la mouse o nosotros; las dos cosas yo no podía procesar. Así que opté por dejar a un lado mi cuchara. Diego me confesó que estaba muy feliz conmigo, pero que, al mismo tiempo, tenía miedo de que yo no sintiera lo mismo. Y, sin presiones, me invitó a evaluar si yo estaba dispuesto a seguir adelante. Yo admiré su honestidad. De hecho empecé a tomar conciencia de que lo admiraba. Pero, al mismo tiempo, veía cómo la mouse se derretía y perdía su encanto. Una cosa sumada a la otra provocaron mi respuesta. Le sonreí y le dije que sí. Pero, luego, cuando Diego se retiró un momento al baño, recordé lo que llevaba en mi bolsillo. Ese pañuelo, como un fantasma del pasado cercano, me cuestionaba mi respuesta, la que tal vez había sido apresurada y, por lo tanto, injusta.
Muy temprano, de mañana, Gabriel regresó al hospital, no porque lo necesitara, sino porque tenía que ver con sus propios ojos a sus fantasmas. Averiguó dónde estaba la sala de quimioterapia y, hasta donde lo dejaron pasar, permaneció y esperó. No habían transcurrido veinte minutos cuando Malena llegó. Estaba sola. Se miraron. “¿Qué hacés acá?”, preguntó ella. “Vine a pedirte perdón”, respondió Gabi, y le extendió un paquete. Malena lo tomó y lo desenvolvió. Era una peluca. Malena sonrió emocionada. “Gracias”, le dijo, tomando su mano.
17. Ira
Con una ternura por mí desconocida, Paula sostuvo la nuca de Gabriel con una mano, mientras con la otra posaba el borde de un vaso con agua sobre sus labios. Luego de sorber un trago con cierta dificultad, mi roomie sonrió agradecido. Y no es que no pudiera hablar, sino que probablemente los calmantes que le habían suministrado lo habían relajado demasiado. También pudo haber sido que la tristeza que seguramente sentía en aquel momento lo hubiese desmotivado para tomar cualquier iniciativa.
Por mi parte, no recuerdo cuándo caí en la cuenta de que todavía sostenía mi bolso de viaje y que ni siquiera había cerrado la puerta de esa habitación detrás de mí. Pues entonces cerré la puerta y dejé el bolso a un lado. Al hacerlo, Paula se volvió y me miró con dolor. Mi editora apoyó el vaso con agua sobre una mesa de luz y cruzó el espacio que nos separaba hasta situarse delante de mí. “Hola”, le dije. Pero ella no me contestó, sino que inspiró hondo, tomó impulso y me pegó una cachetada que me hizo saltar una lágrima. Loca de mierda.
Nunca voy a entender el camino que recorren los ómnibus para entrar en la terminal de Retiro. Me refiero a esas callecitas aledañas que recorren zigzagueando, entre containers y edificios que parecen fábricas abandonadas. En realidad, soy la persona más desorientada del mundo, así que tampoco me indigno por esto. Lo más probable es que cuando recorremos estos vericuetos yo me encuentre todavía adormecido por el viaje y entonces no logre entender el circuito. No. La verdad es que soy un desorientado. Como sea, cuando nuestro ómnibus subió la rampla y se fue acercando a nuestra plataforma me despabilé completamente, porque justo allí donde estacionaríamos se encontraba Diego, parado, esperando… ¡Esperándome! “No puede ser…”, exclamé en un suspiro de desesperación. “Ah…” -dijo Nacho mirando por la ventanilla- “Por fin conocemos al señor que tanto te llama por celular”. Le dije que no se suponía que estuviese aquí y, tras hacer una pausa y dudar bastante, le pedí: “Por favor, hagamos como que no nos conocemos”. Una verdadera pelotudez, lo sé. Pero en ese momento me desesperé y la verdad es que nunca pude pensar muy bien bajo presión.
Bajé del ómnibus sin mirar atrás y nunca más volví a saber de Nacho aquel día. Diego me abrazó y besó con una felicidad que yo no pude corresponder en ese momento. “¡Por fin!” -me dijo- “Ya no aguantaba más”. Yo le dije que no hacía falta que me viniera a buscar, pero Diego me respondió que es lo que hubiera hecho cualquier novio, después de unos días de ausencia. ¿Les suena conocido? ¡Qué irónica que es la vida!
Pero Diego fue más allá todavía. Cuando yo sólo deseaba darme una ducha y acostarme en mi cama, mi novio me arrastró hasta su departamento, en donde ya tenía preparada una cena fría y además descorchó un champagne. A esas alturas yo ya estaba completamente malhumorado. ¿Por qué? ¿No debería estar feliz de que mi novio me fuera a buscar y me invitara a su departamento? Sin embargo sentía que esto era demasiado y comenzaba a experimentar una alarmante sensación de ahogo. Justo en el momento en que iba a salir corriendo, mi celular sonó. Paula se escuchaba desesperada cuando me informó que Gabriel había sido internado.
Definitivamente no puedo explicar con seguridad lo que Paula sintió cuando me vio, en la habitación del hospital donde se recuperaba Gabriel. Puedo afirmar, sin embargo, que la rabia y el dolor se expresaron en su rostro. ¿Qué pudo haber visto en mí? No creo estar muy equivocado si aseguro que una mujer reacciona así por despecho. Y Paula era una mujer despechada. Lucas la había abandonado. Y ahora también Natalio. Pero nunca creí que lo del escritor fuera para tanto, la verdad, si bien es cierto que había sido testigo de cierta tensión entre ellos. Y ahí estaba yo, que venía a representar, supongo, el amigo que la traicionó porque dejó a Natalio en los brazos de otra mujer. Una suerte de proxeneta. Alguien que perfectamente podía merecer que Paula abandonara por un instante los cuidados maternales que le propiciaba a Gabriel, inspirara hondo y le asestara una buena cachetada. Y así lo hizo la muy perra.
Todavía había espuma cuando Paula abandonó la bañera. El aroma a vainilla de las sales se había impregnado en su piel y la había predispuesto de un excelente humor para recibir a su escritor. Se vistió, se maquilló, se peinó. En ese orden. Alcanzó a darle un toque casual al ramo de pimpollos de rosas rojas que había preparado especialmente para la ocasión y el portero eléctrico sonó. No era Natalio. Era Nacho, su hermano menor. Por él Paula se enteró de que Natalio había decidido radicarse en Mendoza y que además había sido adoptado por una familia y, por supuesto, por otra mujer. Paula palideció y Nacho sonrió. “¿Lo estás disfrutando?”, preguntó Paula. “Sabés que no –respondió Nacho mientras encendía un cigarrillo, y agregó:- “Pero también sabés que nosotros estamos cagados para estas cosas…” Paula reaccionó con furia ante esa afirmación: “¡Mentira!” Pero Nacho insistió: “¡No podemos!” Paula gritó y salió corriendo de su departamento, aturdida, desesperada, angustiada.
El atardecer de Buenos Aires estaba fresco, casi frío. Había brisa. La brisa lo hacía frío. Esa brisa fría corría a todas las personas hacia sus hogares. Sólo Paula caminaba sin rumbo, porque no sentía otro frío que el de su soledad. Si bien lo había visto desde lejos, había pensado que era uno de los tantos mendigos que cada vez más habitan las calles de esta ciudad. Pero al acercarse se dio cuenta primero de que era alguien herido, de rodillas sobre la vereda, apoyado contra la pared de un edificio; y luego reconoció a Gabriel. Tomó conciencia de que estaba en la vereda del Teatro Colón. Gabriel no podía hablarle; sí emitía un ronquido quejoso, pero no podía articular un mensaje claro. El imprevisto la hizo olvidarse de todos sus problemas y actuar como solía hacerlo, como una mujer decidida, segura de sí misma, independiente… y sola.
Gabriel había sufrido puñetazos y patadas en todo su cuerpo. En el hospital lo habían curado y lo habían dejado internado para examinarlo y evaluar si había daños internos. Ahora yacía en la cama de esa habitación y Paula (Gabriel no comprendía muy bien cómo había llegado hasta allí) se encontraba sentada a su lado, cuidándolo. De alguna manera, tras silbar una “s” varias veces, Paula había comprendido que Gabriel tenía sed y había acercado un vaso con agua a sus labios. Mientras sostenía su nuca, había mojado sus labios. Eso bastaba. Era demasiado en aquellas circunstancias y Gabriel se sentía agradecido. Una puerta que de pronto se cerró interrumpió el estado de gracia. A Gabriel le tomó mucho más tiempo mirar hacia la puerta de lo que Paula tardó en ponerse de pie. Pero llegó a ver cómo ella se me acercó y tras inspirar hondo abrió su mano para pegarme una sonora cachetada. La muy yegua.
A las entrañas del Teatro Colón había llegado la noticia de que la semana del tango se cerraría allí mismo, con un espectáculo que reuniría a los principales artistas de la ciudad, a todo brillo. Y a todo brillo había que diseñar y coser en menos de quince días, algo así como setenta trajes. Gabriel le había estado dando a la máquina de coser sin descanso durante toda la jornada, así que bien valía la pena subir a ver algún ensayo de estos tangueros que le habían complicado la costura.
Cuando mi roomie asomó su figurita en la sala del Colón, el ensayo se había detenido, al parecer, abruptamente. Un grupo de bailarines conformaba un apretado y nervioso círculo, que inmediatamente fue quebrado por el malhumor de Rodrigo. El siempre chonguito y ex repositor se abrió paso a los gritos y empujones, reclamando: “¡A ver si le dan un poco de aire, boludos!”. El círculo se abrió obediente, como un telón de mariquitas danzarinas, y a la vista de Gabriel apareció Malena, tendida sobre el piso del escenario. Rodrigo se arrodilló a su lado y la ayudó a incorporarse. Ella le quiso sonreír, significándole que ya se sentía mejor, pero al instante un sollozo le lastimó la garganta. Fue el mismo instante en que Rodrigo notó la presencia de Gabriel, entre las butacas. La mirada de Rodrigo aterró a mi roomie, quien optó por darle la espalda y salir de la sala.
La brisa fresca, casi fría, de aquella tarde alivió un poco el terror que se había apoderado de Gabriel. Por unos instantes creyó incluso recuperarse, mientras permanecía en la vereda del teatro, apoyado contra una pared. Sin embargo, cuando se volvió para regresar a sus tareas, se topó cara a cara con su propio infierno: Rodrigo. “Vas a pagar lo que nos debés a Malena y a mí”, le anunció el chongo. “¿Qué les debo? –preguntó Gabi- ¡Estás loco!” “¡Nos debés su enfermedad, su ruina, su decadencia, nuestra posibilidad de ser felices…!”, explicó Rodri, con bastante claridad. Pero Gabriel no entendía nada, y tampoco tuvo demasiado tiempo para hacerlo. La primera trompada de Rodri le cortó la ceja derecha. La segunda lo hizo doblarse de dolor, porque fue directamente a la boca del estómago. Un tercer golpe en la sien lo derribó sobre la vereda. A partir de ahí, sólo recibió patadas a lo largo de todo el cuerpo. No duró mucho tiempo la golpiza, pero parece que fue efectiva.
Cuando se calmó el ardor de mi mejilla golpeada, miré a Paula y le pregunté por qué lo había hecho. Paula, sollozó y luego me abrazó. “¿Por qué permitiste que Natalio me dejara?” Los dos nos quedamos toda la noche, cuidando a Gabriel, cuidándonos entre todos, en realidad. Y es que los tres habíamos sido sorprendidos por viejas heridas que todavía no habían dejado de sangrar.
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