Bola de Espejos


11. Malena y Rodrigo (flashback)

Posted in Flashbacks, Español, General by admin on the Abril 4th, 2008

Por Leandro Fogliatti

www.tiresias.orgNo es justo que la vida nos sorprenda así.  Cómo puede ser que la última vez lo hayamos visto acomodando dos plantas de lechuga en una góndola de supermercado y ahora le saque viruta al escenario con sus zapatos de charol.  ¿En qué momento aprendió a bailar el tango?  ¿O es que ya sabía?  Bien, volvamos al meollo del asunto: la última nochebuena.

Mientras Diego y yo nos encontrábamos en La Pampa, a punto de padecer una cena familiar, Gabriel y Rodrigo cruzaban el umbral del supermercado, echados, expulsados, señalados y acusados por sus excesos de amor.  Por más súplicas que Gabriel le hubo gritado, Rodri ni siquiera lo miró.  Siguió caminando con paso lento pero constante, hasta que finalmente dobló una esquina y desapareció.

“Él volverá”, le dijo Scott durante la cena.  Pero Gabriel sabía que había sucedido algo irreversible aquella tarde.  No estaba seguro, no podía identificar un concepto, pero sabía que de alguna manera ese día había marcado un antes y un después.  Ni las anécdotas de Fernando, que esa nochebuena estaba de lo más dicharachero, lograban distraerlo de sus angustias.  La ansiedad le había impuesto una rutina agobiante; cada minuto extraía su celular y revisaba los mensajes.  Nada.  No podía ser que Rodri prefiriese pasar nochebuena solo; porque Gabi sabía perfectamente que Rodri se encontraba solo.  ¿Qué podía estar haciendo?

Lo que mi roomie no se imaginaba es que la culpa que carcomía a Rodri hasta la vergüenza lo había conducido hacia la iglesia en donde Doña María, la centinela celestial que había denunciado la cópula corrupta, repartía entre los mendigos los alimentos que el supermercado le donaba.  La mirada de Doña María es poderosa.  Rodrigo no toleró su intensidad y cayó de rodillas implorando perdón.  Y así fue como ella, oliendo a santidad, se acercó y acarició la cabeza gacha del judas verdulero.  No sólo lo perdonó, sino que lo invitó a colaborar con su buena obra, repartiendo alimentos por el vecindario.  Y así lo hizo Rodri.

akxi.blogspot.comYa se habían alejado bastante de la iglesia y sólo restaban visitar un par de plazas, en donde se sabía que había mendigos por alimentar y contener.  Pero Rodri nunca llegó tan lejos.  En una de las veredas que caminaron, sentada sobre el cordón, lloraba una mujer que a Rodri lo impactó.  Doña María, que a esas alturas ya estaba borracha de bondad, le sugirió a Rodri que se acercara y consolara a la pobre infeliz.  Y así siguió su camino Doña María, rodeada de su séquito de incorruptibles colaboradores.  Y así se acercó Rodri a quien se lamentara con un llanto que al repositor se le antojó encantador.

Rodri se sentó a su lado y, contagiado por la gracia de Doña María, empezó a hablar.  Se preguntó en voz alta qué podía haber hecho sufrir a tal belleza para que llorara tan amargamente.  Y no era que su llanto a él le molestara, porque incluso las lágrimas no podían opacar su belleza.  Era simplemente un pena que una mujer tan hermosa sufriera en nochebuena.  Y claro que tanta dulzura, que encima provenía de un chonguito tan bien proporcionado, hizo que Malena se calmara y esbozara una sonrisa.  Por supuesto, esa sonrisa desencadenó varios mecanismos en el organismo de Rodri; entre ellos, una aceleración del ritmo cardíaco.

Y así comenzaron a contarse sus males.  Sin entrar en demasiados detalles, Rodrigo denunció un inoportuno despido, en nochebuena, sin indemnización alguna y sin dónde caerse muerto.  Por su parte, Malena había sido sorprendida ese mismo día por los efectos de una quimioterapia.  Pasó su mano por sus cabellos y entre sus dedos se quedaron un par de mechones color castaño.  Rodri empezó a relativizar sus problemas y en un impulso de amor abrazó a Malena por sus hombros y más tarde la besó.

argentinadiscovery.nireblog.com“¿Sabés cantar?  ¿Actuar?  ¿Bailar?”, le había preguntado Malena, camino a su casa.  No importa que nada de eso supiera Rodrigo.  Aprendería.  Ella se encargaría de eso.  Esa noche, él conoció la casa de Malena, un antiguo conventillo de la Boca, que ella y sus amigos habían reciclado.  “¿Dónde estabas, negra?”, preguntó un gordito simpaticón y bastante borracho.  Rodri no se había imaginado que tendría una nochebuena tan bulliciosa y divertida.  A partir de aquella noche, nuestro ex repositor conocería la bohemia de un grupo de artistas que sobrevivían entre espectáculos tangueros y producciones de teatro off.

Rodri estaba tan agradecido por este encuentro que incluso rezaba.  Le rezaba a Dios, a la Virgen, a los Ángeles y hasta a Doña María.  Jamás se hubiera imaginado a alguien tan adecuado para él, como Malena.  Ella era una mujer, pero era más que una mujer.  Era perfecta.  Y por su parte Malena no hubiera podido encontrar una contención mayor que la de Rodrigo.  Cada pequeño capricho era satisfecho por él.  La acompañaba siempre al médico, a sus exámenes, a su aborrecida quimio.  Fue él quien rapó su cabeza cuando a ella le tembló la mano para hacerlo.  Ella gritó que era un monstruo sin sus rizos castaños.  Él le juró que nunca permitiría que la insultaran por eso, que quién lo hiciera se arrepentiría para siempre.  A los pocos días de haberse conocido, no podían separarse un solo minuto.

www.hieloazul.comRodrigo se daba más maña para los arreglos escenográficos que para los pasos de baile.  Sin embargo, el grupo quería exhibir su morocha estampa arriba del escenario, por lo cual le enseñaron un par de pasos básicos y algunos trucos para zafar.  Y Rodri se largó.  Un poco torpe por los nervios de sentir miradas y reflectores sobre sí, se trabó en algunos pasos; pero salió adelante porque hacia Malena debía dirigirse y…  ¡qué linda que estaba!  Vestido negro, con un escote que ofrecía sus senos como una fruta condenada a ser disfrutada, mordisco a mordisco.  Indudablemente, aún quedaban residuos de su anterior actividad en las metáforas que Rodri elaboraba en su cabeza de enamorado, mientras se acercaba a la estrella del tango alternativo.  El primer abrazo, los primeros pasos, el primero tango que juntos bailaron: Los Mareados.

La noche del debut de Rodrigo salieron a bailar.  Había mucho que festejar; su amor, su arte, una nueva vida juntos.  La disco estaba atiborrada de gente, superpoblada.  Sin embargo, ellos se sentían solos y dueños del lugar.  Sólo percibían su amor.  No había nadie a su alrededor.  Tanto así, que Malena no se dio cuenta del taco que le clavó a un pobre infeliz que coincidió en su camino.  Se dio vuelta, apenada.  También lo hizo Rodri, cuando notó que ella se había detenido.  Bueno, bueno, un pisotón tampoco es tanto drama.  ¡Marica tenía que ser la víctima, para quedarse mirándola tan fijo, como si en lugar de haberlo pisado lo hubiera encañonado con una 45!  Basta.  No se merece ni unas disculpas.  Media vuelta y a seguir para delante.  Sin embargo, ahora es Rodri quien se detuvo.  ¿Qué le pasaría a su bomboncito?  Nada.  Debió haber sido el alcohol, nomás.  Sacudió su cabeza, dio media vuelta y empezó a caminar.  Sin embargo, esa noche no dijo nada, ni hizo nada, que fue lo peor.

www.pvp.org.uyY así llegamos a la noche del escándalo, la cuarta aparición de Rodri en escena, una más en la vasta trayectoria de Malena.  ¡Ay, por qué esa estúpida turista no quiso salir a bailar!  ¿Por qué dio lugar a que él apareciera, así de la nada, y lo abrazara delante de todo aquel público, que encima lo festejó?  ¿De dónde había salido Gabriel?  ¿De dónde?  ¿Cómo habían sido cómplices sus amigos de semejante canallada?  Pero lo peor de todo, lo realmente imperdonable, fue el agravio de dejar a Malena expuesta y vulnerable frente a su público.  No había tenido tiempo en ese momento, porque la urgencia era contenerla a ella. Sólo había podido escupirle un par de palabras atragantadas por la bronca: “Sos la peor persona que conocí en mi vida”.  Luego se encargaría.  Estaba seguro de que Dios, la Virgen, los Ángeles y Doña María le regalarían la oportunidad para vengar a Malena.

Próximo posteo: viernes 18 de abril

10. Pasión de tango

Posted in Español, General by admin on the Marzo 21st, 2008

Por Leandro Fogliatti

www.enacciondigital.comDesde el desafortunado encuentro con Rodri y su acompañante, en la disco, Gabriel había estado ausente de todo.  Aquella noche, incapaz de reacción, había dejado que la feliz pareja se alejara con paso humillante.  Con el correr de los días, había visto a mi roomie absorto frente a nuestra computadora, perdido en misteriosas cavilaciones.  Después vinieron esas salidas en horarios que desentonaban con su rutina diaria.  Pero lo más alarmante de todo, lo realmente preocupante, era que todo esto lo hacía…  ¡en silencio!

“Tenemos que hacer algo con Gabriel”, le dije a Fernando, mientras lo acompañaba a llevar a Noelia al colegio.  Fernando me garantizó que ya se le pasaría.  Sin embargo, acordamos que la de Rodri era la relación más seria que mi roomie había tenido y que, por lo tanto, era difícil prever cómo terminaría todo esto.  Nuestras especulaciones acerca de Gabriel fueron interrumpidas por Noelia.  “¿Cot?”, preguntó la niña. “Scott no pudo venir… -Fernando me miró- … otra vez”.  Las cosas entre Fer, Scotty y Laura no se habían calmado.  Laura había exigido que directamente Scott no tuviera mayor contacto con su hija.  Por lo tanto, los acompañamientos a la escuela se habían suspendido y cuando a Fer le tocaba pasar tiempo con su hija, generalmente lo hacía fuera del departamento, para minimizar el contacto con su pareja.  Todo esto había enrarecido aún más el clima entre mis amigos.

Dejamos a Noelia en la escuela y nos llegamos hasta mi departamento, en donde encontramos a Gabriel, derramando lágrimas frente al monitor de nuestra computadora, mientras escuchaba a Valeria Lynch.  Tanto nos impactó esa imagen que Fernando y yo supimos que era el momento de actuar.  Decidimos que lo mejor sería sacarlo a pasear aquella noche y no dejarlo solo por los próximos días.  No todo estaba perdido, según parecía, ya que fue el propio Gabriel quien sugirió un lugar para ir a cenar.  ¡Perfecto!  “¿Vendrá Scotty?”, le pregunté a Fer.  El americano debía hacerse cargo de un tour de compatriotas y llevarlos a pasear por San Telmo.  Así que los tres teníamos noche libre para salir.

www.fotopaises.comRestaurante con show de tango for export.  Un afiche en la entrada que mostraba a Malena, la artista en cuestión, deslumbrante frente a un micrófono.  No era una artista mediática, por supuesto, pero no sé por qué me resultaba conocida.  Como sea, dimos uno, dos, tres pasos hasta la puerta y una manota amenazante nos pidió que nos detengamos.  “¿Los señores tienen reserva?”, preguntó ella, vestida con un smoking.  Ella era la misma lesbiana que días atrás vigilaba la puerta de la disco.  ¡¿Podía ser?!  “¿Pero cuántos trabajos tenés?”, le pregunté.  “¿Tenés reserva, sí o no?  Mirá flaco que acá no vas a entrar dándole un besito a tu novio…”, la semisonrisa socarrona de la torta era indignante.  Le di mi nombre, buscó en su lista y nos permitió pasar.

Como ya se habrán imaginado, aquel lugar no encajaba con el gusto de Gabriel.  “¿Estás seguro de que este es el sitio al que querías venir?”, le pregunté.  “No hay nada de lo que haya estado más seguro, mi amor”, respondió mi roomie.  En fin…  Ya habíamos ordenado para cenar cuando llegó al lugar un contingente de americanos, bastante escandalosos por cierto.  Se ve que venían de bares, dada la graduación de su alegría.  Liderando el grupo, Scott.  “¡Feliz coincidencia!”, protestó Fer.  Él y Scotty intercambiaron miradas.  “¿No vas a saludarlo?”, le pregunté.  “Está trabajando, dejémoslo tranquilo -contestó y acto seguido miró a Gabriel- ¿Justo a este lugar se te tenía que ocurrir venir?”  “Nadie las obligó y fueron ustedes las que quisieron sacarme a pasear –protestó Gabi- ¡Qué injustas que son!”

Así de tenso estaba el clima en nuestra mesa cuando las luces se atenuaron y el show comenzó.  Malena, salió al escenario y cantó su primera canción, entre aplausos y vivas americanos.  La luz iluminó su rostro tanguero, de rasgos pronunciados y demasiado maquillado, y en ese momento supe dónde la había visto.  Sin más, era la travesti que acompañaba a Rodri en la disco.  Miré con furia a Gabriel.  Gabriel arqueó una ceja y sonrió.  “¡La encontré!”, dijo con satisfacción.  “Te felicito –le dije- ¿Y ahora qué vas a hacer?”

brotesdeesperanza.spaces.live.comMalena finalizó su primera interpretación y Gabriel y yo seguíamos discutiendo.  “¡Nos vamos ya a casa!”, decía yo.  “¡De ninguna manera! –retrucaba Gabriel- ¡Quiero mirar su cara y gritarle lo que siento!”  “¿A ella?  ¡No tiene sentido!”, yo estaba decidido a impedir cualquier tragedia.  “No -dijo Gabriel y señaló al escenario- A él”.  Desde bambalinas apareció Rodri, exhibiendo un smoking y un estudiado caminar tanguero.  Antes de que pudiéramos recuperarnos de esta entrada, Malena y Rodri bailaban un tango con demasiada pasión.  Con la furia del despecho Gabriel quebró el gricín que tenía en sus manos.  Yo miré derrotado a Fernando, quien se encogió de hombros.

Pero ese acto no terminaría allí.  Malena y Rodrigo bajaron del escenario para sacar a bailar a gente del público.  ¿Y quiénes estábamos en la primera mesa, bien al alcance de sus miradas?  Por supuesto, nosotros.  Malena, ignorante del tempestuoso entorno que la acechaba y con los reflectores sobre sus ojos, extendió su mano hacia mí.  “¡No!”, grité desesperado.  En mi vida di un paso de tango.  Pero ella insistió y yo, antes de que permaneciera más tiempo cerca de Gabriel, decidí aceptar.  Y ahí fuimos, al medio de la pista, ella graciosa y ágil en sus movimientos, yo torpe y temeroso, sonriendo por no llorar.

Por su parte, Rodrigo se dirigió a una chica de la mesa de al lado.  Parece que ella tampoco sabía bailar porque se tapaba la cara con las manos y negaba con la cabeza.  Suerte para ella que alguien más se le anticipó para acompañar al repositor devenido en danzarín.  Fue Gabriel.  Así nomás.  Frente a la vista atónita de todos, Gabriel se había parado y había caminado hacia Rodrigo.  Lo había tomado del brazo y lo había invitado a bailar.  Rodrigo empalideció.  Frente a todo ese público, ¿qué se suponía que debía hacer?  Pues no hizo nada, fundamentalmente porque Gabriel se ocupó de todo: lo abrazó y empezó a caminar al compás del bandoneón.  Los americanos empezaron a aplaudir de pie, gritando “¡Freedom, Freedom, Freedom!”.

tampico.olx.com.mxTodo habría sido un éxito, si mi compañera no hubiera percibido la situación.  Tras haber dibujado sobre el piso un ocho perfecto, Malena me abandonó en el medio de la pista y taconeó hacia los ex-amantes.  Malena empujó a Gabriel, quien cayó de cola contra el piso.  Los vivas, la orquesta y el murmullo se interrumpieron.  “¡Fuera de mi show, enana roba-hombres!”, gritó Malena.  Mi roomie se levantó, impasible.  Ignoro si ya lo tenía planeado o fue improvisación, pero hizo lo peor que creo que puede hacérsele a una travesti.  Tomó impulso y saltó hasta alcanzar un mechón de la peluca de Malena; tiró con furia y dejó al descubierto la rapada cabeza de la travesti.  Malena profirió un agudo chillido y salió corriendo hacia bambalinas.  Gabriel miró a Rodri, desafiante.  Rodri fue claro: “Sos la peor persona que conocí en mi vida”, y salió tras Malena.  ¡Chan-Chan 1!

Mientras tanto, Fernando decidió acercarse al grupo de americanos para saludar a su pareja.  Más ebrios que al principio, todos festejaban la escena que acababan de presenciar.  El más borracho parecía justamente Scotty, quien estaba brindando con dos rubios con excelentes torsos desnudos.   “Pensé que estabas trabajando”, tiró Fernando.  “Lo estoy”, respondió Scott alargando las vocales.  “¿Siempre te emborrachás en los tours?  ¡Me das vergüenza!”, acusó Fernando.  “No es novedad –dijo Scotty, mientras derramaba algo de cerveza sobre el pecho de uno de los rubios- Siempre te doy vergüenza”.  “Eso es mentira”, gritó Fer, viendo como al rubio le agarraba piel de pollo y lanzaba unas carcajadas histéricas.  “Con tu hija te doy vergüenza, con tu familia te doy vergüenza… -continuaba Scott- ¿Acaso tu pasado hétero te hace mejor persona?”  Y habiéndose expresado en tan claro español, Scotty se perdió entre el abrazo de sus rubios amigos.  ¡Chan-Chan 2!

Reuní a Gabriel y a Fernando, justo cuando la torta vigilante se nos acercó.  “Los señores se van a tener que retirar de este lugar”, dijo con su habitual parsimonia.  “Los señores ya nos retirábamos”, le contesté.  La torta señaló la peluca que aún sostenía Gabriel: “Eso no es tuyo, devolvélo”.  Gabriel escondió el trofeo detrás de su espalda.  Intervine, tratando de ser conciliador: “¿Cuál es tu nombre?”, le pregunté.  Tras una pausa, me respondió: “Verónica”.  “Verónica –le dije- a mi amigo le rompieron el corazón; te aseguro que tiene derecho a llevarse esa peluca.”  Verónica arrugó su entrecejo.  Probablemente mis palabras carecían de sentido para ella.  Sin embargo sentenció: “Llevate la peluca, pero acá no pisan más”.

www.tempsdoci.comFernando, Gabriel y yo caminábamos sin rumbo fijo por una calle de San Telmo, en absoluto silencio.  Definitivamente, los tres veníamos de mal en peor.  De pronto, Gabriel se detuvo; se calzó la peluca de Malena e improvisó un show.  Los tres dejamos escapar las primeras carcajadas de aquella noche.  ¡Chan-Chan 3!

Bonus Track

Próximo posteo: viernes 4 de abril 

9. La parranda

Posted in Español, General by admin on the Febrero 22nd, 2008

Por Leandro Fogliatti 

www.uark.eduNoche de verano en la ciudad.  Una hilera de veinteañeros inquietos y gritones bordeaba la vereda de una disco.  “¡No estoy acostumbrado a tener que hacer fila!”, protestaba Gabriel, con aires de diva y mirándome fijamente, como si yo fuera el responsable de tal burocracia.  Por supuesto, ni Gabriel ni yo somos veinteañeros, pero al igual que ellos necesitamos distraernos y conocer gente.  ¡Y vaya si lo necesitábamos esa noche!  En cuestión de días habíamos dejado de estar con los amores de nuestras vidas para volver a estar juntos y solos en nuestro departamento.  O salíamos, o nos matábamos.  Gabriel miró hacia la todavía lejana entrada de la disco: “¡Si ese patovica no nos hace pasar en dos minutos, nos vamos!”.

Cuarenta y cinco minutos más tarde estábamos al frente de la fila, próximos a entrar, con nuestras caras rebosantes de fastidio y malhumor.  ¿A quién podríamos conocer con esas fachas?  De cerca, el patovica resultó ser, en realidad, una lesbiana fortachona y bastante ruda que sacudió la cabeza hacia adentro para darme a entender que podía pasar, y que al mismo tiempo apoyó una palma de su manota sobre el pecho de Gabriel para impedirle el paso.  “Sólo gente que supere el metro sesenta”, declaró con voz ronca.  Gabriel pegó dos o tres chillidos y la cosa se puso peor.  Decidí volver sobre mis pasos para solidarizarme con mi roomie, pero la perra guardiana me miró feo y me www.chinadaily.com.cnadvirtió: “Flaco, me estás frenando la fila; ¿te vas o te quedás?”  Tartamudeando, se me ocurrió explicarle que me quedaría sólo si también dejaba pasar a mi novio, y señalé a Gabriel.  La muy maldita sonrió y preguntó: “¿Son novios?”  “¡Sí, sí!”, gritamos a coro Gabriel y yo.  “Entonces, dale un beso en la boca y los dejo pasar sin más vueltas”, sentenció el bulldog, mientras toda la fila gritaba: “¡Que se besen, que se besen!”  Y aquí abro un paréntesis para escribir algo que tengo atragantado, y no me importa que me prohíban esta columna: HIJA DE PUTA.  Cierro paréntesis.  Gabriel y yo nos miramos desesperados, pero resignados.  No sé qué hizo él porque yo cerré los ojos, puse mi boca en forma de “u” y la acerqué más o menos adonde calculé que él tendría la suya.  

Entramos al boliche shockeados por la imprevista experiencia.  “¿Estás bien?”, le pregunté.  “No, ¿y vos?”  “Tampoco; siento como que tuvimos una relación lésbica.”  Necesitábamos un trago y nos acercamos a una barra.  No había Margaritas.  Esto definitivamente era un mal augurio.  Gabriel pidió un agua mineral.  Yo me conformé con una cerveza.  Media hora de calor, pisotones y una redundante marchita taladrándonos los oídos, nos convencieron de que nos habíamos desacostumbrado a los boliches y de que tal vez deberíamos reconsiderar seriamente una tranquila velada con películas en casa.  Gabriel se fue al baño y yo decidí dar una vuelta. 

www.jaimeayala.com¿Mencioné los pisotones?  Tengo que agregar los empujones.  Parece que esa noche varios grupetes de amigos habían salido a celebrar el verano, saltando, bailando, haciendo pogo.  Uno de ellos acomodó su codo entre mis costillas y los dos caímos sobre un sillón, rociados por mi cerveza que salió disparada por los aires.  “¡Perdón!”, dijo el torpe, bruto, animal… rubio… bonito… sonriente… y dulce.  Yo también sonreí y agradecí el accidente, después de todo. 

Gabriel se detuvo en su camino, cuando escuchó los acordes de Strong Enough.  No pudo resistirse a la masculina voz de Cher y gritó el estribillo con toda su putez.  Sin embargo, hubo quien lo superó.  Al lado suyo, otro fanático le daba pelea en los gritos y en los espasmos histéricos que conformaban su dancing. 

Mientras tanto, la conversación con mi empujante me había motivado.  Él escuchaba y yo hablaba: “¡Y nunca me dijo que me amaba!  ¿Qué era yo para él, entonces?  Nada.  Un pasatiempo para cuando regresaba de sus viajes.”  Hice una pausa para probar la cerveza que Mauricio me había invitado para compensar el empujón.  “¡Todo fue muy cómodo para él desde el principio!  ¡Hasta para los roles en la cama!”  Tomé otro poco de cerveza.  Mauricio suspiró. 

upload.wikimedia.orgEn el piso de arriba, Gabriel también había logrado comunicarse.  A estas alturas, ya había dejado de discutir acerca de las pelucas de Cher con el otro fanático, y se había adueñado del discurso.  “Nunca aceptó escuchar otra cosa que la cumbia.  ¡Porque es un cerrado!  Tampoco aceptó que podía estar con otro hombre.  Y ahora me culpa, estoy seguro, de que lo hayan despedido del supermercado.  ¡Pero no es así!  ¡La culpa fue siempre suya!  Si no hubiera condenado nuestra relación a esos encuentros clandestinos, no hubiera pasado nada.”  El chico-Cher asentía en silencio, cada vez más serio y mirando de reojo alguna puerta de escape.  Es que Gabriel no pudo evitarlo.  Sin saber cómo, las lágrimas desbordaron sus ojos y el llanto le carcomió la voz.  ¡Sin proponérselo, sonaba como Cher!  Alcanzó a mencionar mi nombre y comenzó a caminar hacia la barra en donde me había dejado.  El chico-Cher, tal vez por solidaridad entre fans, lo acompañó.  No tuvieron que avanzar demasiado.  Me encontraron, también con lágrimas en los ojos y acompañado por Mauricio.  Como dos quinceañeras heridas nos abrazamos con Gabriel en nuestra desdicha.  Cuando nos separamos vimos que Mauricio y  el chico-Cher también se habían abrazado.  “¡Los contagiamos con nuestra amistad!”, exclamo Gabriel sonriente.  Pero no.  Tras el abrazo, siguió un besuqueo descarado y casi ofensivo, en nuestras propias narices.  No se despidieron.  Con urgencia se retiraron hacia algún rincón más íntimo y fuera de nuestro alcance.   

endrino.cnice.mecd.esLa noche era un verdadero fiasco.  En el lugar equivocado estábamos viviendo el duelo que nos habíamos negado a enfrentar.  “¿Nos vamos?”  Y hacia la salida nos encaminamos, cuando el afilado taco de una bota de cuero casi deja sin dedos el pie izquierdo de mi amigo.  Gabriel miró hacia arriba y se encontró con la sonrisa culposa de una travesti glamourosamente producida.  “¡Bruta!”, le gritó el herido.  Pero a ella parecía no importarle nada; sólo atinó a encogerse de hombros.  ¡Claro!, si ella iba acompañada de su chonguito, bien marcado y morochito, que la tomaba con celo de la cintura.  El morochito también se volvió y a nosotros se nos heló la sangre.  El morochito lindo y bien marcado resultó ser Rodri. 

Próximo posteo: viernes 21 de marzo 

8. Escandalosas

Posted in Español, General by admin on the Enero 4th, 2008

Por Leandro Fogliatti

www.jggweb.comLa ciudad iba quedando atrás, mientras un cielo tormentoso ganaba espacio en aquella mañana oscura de vísperas de Nochebuena.  Agradecí en silencio que Diego coincidiera en este viaje, porque pensar en abandonar Buenos Aires, así, solo como me sentía, me provocaba una sensación de desamparo semejante a la de un nene cuando su madre le suelta la mano en su primer día de escuela.  Y hablando de madres, y ya que a su encuentro me dirigía, tampoco me resultaba muy atractiva la idea de lidiar con una cena navideña en La Pampa.  Definitivamente, mal momento para abandonar Buenos Aires.

Dos días atrás, en el gimnasio, le había comentado a Diego mi pesar respecto de este viaje, mientras miraba por una ventana con mi flojera de siempre, y él me había contado que por motivos similares viajaría a Chubut, mientras trabajaba sus bíceps con su habitual disciplina.  Y fue en aquel momento cuando él me propuso compartir nuestros viajes, ya que General Pico, mi destino pampeano, quedaba en su camino.  Diego había asegurado, además, que prefería conducir acompañado, no importaba si conversáramos o permaneciéramos en silencio; la soledad de las rutas no le simpatizaba demasiado y el camino a Chubut podía hacerse muy largo.  Por mi parte, la perspectiva de viajar acompañado y en auto (en lugar de bus), aplacaba un poco mi rechazo hacia las navidades familiares.   Así fue que, mientras continuaba mirando por la misma ventana del gimnasio, y mientras Diego ya se había mudado a una prensa para trabajar sus cuádriceps, yo había decidido hacer el viaje.

myvalhalla.wordpress.comY ahí estábamos, en pleno viaje, ya sin una sombra de la ciudad.  Sólo la ruta, el cielo cada vez más borrascoso y nosotros.  Y, por supuesto, era inevitable la charla con Diego acerca de Nacho.  Sus conclusiones sobre mi decadente vida amorosa no fueron muy diferentes a las de mis amigos: que soy un embalado, que probablemente asusté a Nacho, que lo presioné demasiado, etc.; sólo Gabriel se había distinguido del resto, al recordarme lo que ya me había advertido en otra oportunidad: “Era demasiado tipo para vos”.  Diego también opinaba que tal vez yo no había notado las señales que Nacho me había enviado.  Y, muy a mi pesar, debía reconocerlo.  Nacho nunca había hablado de amor.  Había dicho, eso sí, que juntos la pasábamos muy bien y que siempre tenía ganas de volverme a ver.  Punto.  ¿Significaba eso que ya teníamos una relación?  Bueno, evidentemente sí para mí.  Sin embargo, parece ser negativa la respuesta más realista.  Evidentemente, no basta con verse más de una vez para construir una relación.  ¡Y yo que venía decidido a encontrar pareja, a partir de mi crisis de los 35!  “Siempre hay uno de los dos que se entusiasma más que el otro”, me consolaba Diego.  No pude evitar preguntarme si ese entusiasmo de más no sería más bien egoísmo.  Después de todo, yo no me había detenido a pensar en qué estaba buscando Nacho, en qué era lo que él necesitaba.  ¿Los que nos entusiasmamos con un par de encuentros, somos en realidad unos egoístas?

Cada vez más lejos nuestro, allá, en la ciudad, Gabriel entraba en el supermercado, como cada mañana de los últimos días.  Y como cada uno de esos días, se dirigía al sector de frutas y verduras.  Allí estaba Rodri, discutiendo con un compañero, mientras que ocasionalmente se llevaba una de sus enormes manos al pantalón, para acomodarse su protuberancia carnosa, que, entre tantos vegetales, a Gabriel se le antojó más apetecible que nunca.  De reojo, Rodri divisó a mi room-mate, esperándolo, entre zucchinis y berenjenas, y dio por terminada la discusión con una palmada sobre el hombro de su compañero.

www.gardengremlin.caEn el depósito se respiraba un dulce y fresco aroma a albahaca y se escuchaban las primeras gotas de una furiosa tormenta de verano.  ¿Pero a quién le importa estos detalles, cuando la ropa ya está en el piso, revuelta por la prisa, y cuando los amantes también están revolcándose en el piso, porque no alcanzaron a improvisar un lecho, tan urgidos por los recientemente descubiertos ardores de Rodrigo y por los acumulados por Gabriel?  Para la complicada sintaxis de esta pregunta hay una única respuesta: le importa a María.   “¡Doña María!”, gritó Rodri cuando la vio, totalmente desnudo, escondiéndose detrás de mi roomie, que no estaba mucho mejor vestido para la ocasión.  Resulta ser que Doña María, hermana soltera de un sacerdote ya fallecido, había dedicado sus últimas 50 navidades a recolectar alimentos para repartirlos entre los mendigos de los alrededores, la noche del 24 de diciembre, en la iglesia de la que su hermano había sido párroco durante tres décadas.   Ahora sabemos lo que hacía Doña María en aquel depósito y ya sabíamos, desde el posteo anterior, lo que los chicos habían estado haciendo esos últimos días.  Y, entonces, entenderán que semejante desfasaje entre lo que estaban haciendo unos y otra no podía pasar inadvertido por, digamos, prácticamente toda la cadena de supermercados.  La cosa fue que, en aquel trascendente instante, los protagonistas permanecieron inmóviles, como anulados, sin capacidad de reacción, ellos esperando a que ella diga algo, y viceversa.  Y así transcurrieron varios segundos (que tal vez fueron minutos), hasta que finalmente María salió corriendo, con la velocidad que su edad le permitía, y profirió un agudo chillido cuando, al paso, su amplia falda rosó el muslo desnudo del ardiente repositor.

Un chaparrón sobre la carretera suele ser un hermoso espectáculo para verlo desde adentro de un auto.  Diego y yo no tuvimos esa suerte.  Ambos chorreábamos agua y desesperación, mientras empujábamos el auto que, a dos kilómetros de General Pico, se había negado a avanzar, por un problema que nunca identificamos ni entendimos.  Furiosos por el incidente y temblando por el agua fría, llegamos hasta una estación de servicio, ubicada en la entrada de la ciudad.  Por suerte, y gracias a que la geografía de General Pico todavía no es muy extensa, allí pude encontrar a mi tío Cacho, quien se ocupó de llamar a un remolque y de acompañarnos hasta el taller en el cual le informaron a Diego, con eficiencia y precisión, que el repuesto averiado podría ser reemplazado en tres días; es decir, después de Navidad.  Al principio, Diego no parecía muy feliz con el imprevisto del auto.  Sin embargo, se fue amigando con la idea de pasar Nochebuena en casa de mis padres y tomar un colectivo hasta Chubut, a la mañana siguiente, el único servicio en donde pudo encontrar un asiento libre.  Así pues, descansamos el resto de la tarde y nos preparamos para la cena familiar.

www.30noticias.com.ar“No te preocupes -le había dicho Rodri a Gabriel, mientras se vestían-, no creo que Doña María se atreva a comentar algo”.  Sin embargo, cuando los culposos amantes se asomaron al salón, los aguardaba una pequeña pero poderosa comitiva.  El gerente del local había dejado el santuario de su oficina y encabezaba un grupo de compañeros y compañeras de Rodri que los miraban espantados y, por supuesto, estaba Doña María, con cara de yo-no-fui y la mirada clavada en un canasto de bananas brasileñas.

Despedido fue la palabra que empleó el gerente, mientras señalaba la puerta del local.  “Y no se te ocurra reclamar indemnización”, agregó, como para redondear el caso.  Y así, escoltados por desaprobadoras miradas, Gabriel y Rodrigo, dos verdaderos putos reventados (según las opiniones del barrio, a partir de aquel día), atravesaron un largo pasillo, al final del cual se encontraba la puerta de salida y también una clienta desorientada que reconoció el uniforme de Rodri y le preguntó por las ofertas de Navidad.  “Tendríamos que iniciarles juico por discriminación”, declaró Gabriel.  Pero Rodri ni siquiera lo miró; una vez alcanzó la vereda, siguió caminando solo, llevando a cuestas su vergüenza, desoyendo los angustiados llamados de mi amigo.  ¡Ay!

La noche llegó y la cena navideña se sirvió.  Estaba yo por llegar al comedor, cuando mi madre, Guillermina, me salió al cruce con una de sus ya clásicas (y reiterativas) advertencias: “Por favor, querido, durante esta cena no menciones nada muy gay”.  Los dos nos sonreímos con cierto sarcasmo y dimos por terminada nuestra íntima reunión.  No recuerdo haber visto a tanta gente reunida en torno a la mesa de mis padres.  Allí estaban los familiares que no veía desde hacía un par de años, los amigos de la familia que incluso desconocía, y hasta un par de primas de mi edad, con sus maridos y seis niñas, a quienes yo era incapaz de identificar correctamente.  Debo reconocer que fue impactante verlos a todos juntos, pero más impactante aún fue cuando, al vernos a Diego y a mí, todos juntos se callaron.  “Es ese”, susurró mi tío Cacho a su esposa, la tía Ester.  Por suerte el clima se quebró cuando se acercaron corriendo dos de las niñitas de alguna de mis primas y su padre intervino para reprenderlas por correr cerca de la mesa.

todomediterraneo.esCon tal introducción Diego y yo nos habíamos puesto un poco nerviosos y hubiéramos preferido no hablar demasiado.  Pero tal propósito no fue posible.  “¿Qué estás escribiendo?”, preguntó una tía.  “¿Y vos a qué te dedicás?”, la misma tía le preguntó a Diego, antes de que yo hubiera terminado de responderle.  Pero lo más difícil fue cuando otra tía (tengo varias) me preguntó: “¿Y estás de novio?”  En ese momento, hasta sus maridos (quienes se habían enredado en una discusión política) coordinaron un incómodo silencio para escuchar mi respuesta.  “No”, dije, tratando de sonreír.  “Ahh…”, respondieron a coro y retomaron sus conversaciones.  “Lo que pasa es que vos debés ser un picaflor incorregible”, aventuró la tía de una de las tías que habían hablado anteriormente.  “Es que en la ciudad uno se distrae con otras tentaciones -me guiñó el ojo su marido-, las minas son más sueltas, menos pacatas”.  Y todos celebraron el golpecito que la anciana tía le pegó en el brazo a su atrevido marido, mientras yo me preguntaba cómo puede ser que esta gente todavía siga viva.  Miré hacia la cabecera de la mesa, a mamá, quien abrió los ojos temiendo alguna declaración fuera del closet y me contuve.  Sin embargo una de las tantas niñitas me preguntó lo inesperado: “¿Vos tenés novio?”  No pude contestarle otra cosa que la cruel verdad: “No”.  “Ah –continuó la niñita, mientras las inquietas miradas adultas escrutaban la escena- Porque los nenes no tienen novio…”  “Nooo”, contestaron a coro los adultos.  “Los nenes tienen novia”, la niñita reforzó la idea, por si alguien no la había entendido debidamente.  “Claaaaro”, respaldó el clan familiar.  Volví a mirar a mi madre, quien esta vez optó por cerrar los ojos e inspirar hondo, y, pidiendo el protocolar permiso, huí de esa mesa infernal.  Entonces, las miradas se dirigieron al extraño visitante, vale decir a Diego, quien por las dudas aseguró no tener novio, tampoco.  Y el clan lo festejó.

Allá, en la ciudad, Gabriel se encontraba a salvo del afecto familiar, pero extrañaba los cariños de Rodrigo.  Inútil fue que llamara una y otra vez a su amado, durante aquella tarde.  En vano se llegó hasta la puerta de su edificio y tocó varias veces su timbre.  Gabriel estuvo a punto de pasar su peor Nochebuena, de no ser por la compañía de Fernando y Scott, con quienes compartió una íntima y agradable cena, en la que encontró amistad y contención.

nisu.blogia.comAdmito que extraño el parque de la casa de mis padres.  Desde ahí, las estrellas se ven más brillantes.  Las luces de la ciudad opacan el cielo nocturno y los citadinos suelen ignorar este maravilloso espectáculo que ofrecen las noches de verano.  Así me encontraba yo, acomodado en un sillón y mirando las estrellas, cuando Diego se acercó.  Me preguntó si estaba bien.  Le respondí que sí, aunque mi cara expresaba lo contrario.  Diego me abrazó y yo me sentí reconfortado.  Dos segundos más tardes nos estábamos riendo de la ya anecdótica cena familiar.  Y dos segundos más tarde, mi celular sonó.  El display anunciaba “Nacho”.  Miré a Diego y él se encogió de hombros.  Era mi decisión.   Y decidí no responder.

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7. Las Cartas sobre la Mesa

Posted in Español, General by admin on the Noviembre 30th, 2007

Por Leandro Fogliatti

www.allposters.esUn cálido viernes, tres amigos nos encontrábamos compartiendo vinos en un bar.  “Si no existen manuales para padres, ¡imaginate para padres gays!”, yo le decía a Fernando, y al mismo tiempo pensaba si tal vez no fuera un buen negocio editorial escribir uno.  “Si las locas se asumieran a tiempo, no meterían el pito en lugares equivocados”, sentenció Gabriel.  “¿Y qué hay de las parejas gays que quieren tener un hijo? –le reproché su comentario–  ¿No estarían ante el mismo problema?”  “Esas son locas desquiciadas y asimilacionistas de la cultura hétero –acusó mi room-mate extremista– ¡Hay que encerrarlas!”  “El problema no es tanto Noelia, –explicaba Fer– sino la presión de Laura y Scott.”  Y es que las posiciones se habían endurecido hasta la necedad.  Scotty reclamaba que a Noelia se le hablara acerca de la verdadera naturaleza de su relación con Fer, y Laura se oponía terminantemente.  Fer temía que cualquiera fuera su decisión, afectaría negativamente, o bien  a su pareja, o bien al régimen de visitas que mantenía con su hija.  “Por lo menos tu pareja tiene en claro lo que quiere, porque lo que es la mía…”, comparó Gabi.  Por supuesto, mi roomie se refería a Rodri, de quien no había vuelto a tener noticias desde aquel viaje en taxi.  Inútil era sugerirle que tal vez el mozalbete en cuestión no fuera gay, que no habían compartido nada más que un par de cervezas (que Gabriel detestaba) y un frustrado partido de fútbol (que Gabriel detestaba aún más).

De pronto, me di cuenta de que mis amigos me estaban mirando.  “¿Qué? –pregunté sobresaltado–  ¿Otra vez derramé vino por el costado de mi boca?”, e intenté verme a través del reflejo del vidrio de mi copa.  No.  En realidad, era mi turno para expresar alguna preocupación.  Pero la verdad es que no tenía ninguna, y así se los dije.  Me sentía feliz con Nacho y entusiasmado con mi escritura.  “Ah”, contestaron a dúo, y yo no pude evitar sentirme culpable.  ¿Por qué?  ¿Acaso está mal visto sentirse bien?  ¿Es algo argentino, digamos tanguero, o será también algo mundial?

¡Truco, carajo!“, gritó un chongo de la mesa de al lado.  ¿Hay algo peor para un grupo de gays, que se han juntado a chusmear, que tener al lado una barrita de chongos jugando al truco?  Probablemente, torturas como ésta abunden, si es que existe, en un infierno para gays.  Sin embargo, para Fernando resultó inspirador; apoyó una mano sobre el hombro de Gabirel y dijo: “Tal vez debamos hacer justamente eso, Gabi, poner las cartas sobre la mesa, enfrentar nuestro entorno.”

blogs.vogue.esAunque mi vida marchara bien, no me resultaba ajena la propuesta de Fernando.  Aquella noche cenaría con Paula, mi editora, y aprovecharía para reclamarle las cartas que hasta ahora no se había animado a mostrar.  Le exigiría que me explique por qué había estado tan distante desde que Nacho y yo empezamos a salir.  Así que, una vez sentados a la mesa, y en un diálogo sin sentido, Paula me hablaba de trabajo y yo de nuestra amistad.  “Hay que aprovechar mejor el espacio de Bola de Espejos; esa novelita me parece un desperdicio de tiempo y tecnología”, me decía.  “Te molesta que narre acerca de mi relación con Nacho”, provocaba yo.  “Quiero que empieces a preparar informes sobre temas de interés gay”, ella insistía con el trabajo.  “¿Estás celosa?”, cortaba yo.  “Podrías, por ejemplo, empezar investigando las nuevas estadísticas de VIH en la población gay, y compararlas con la población heterosexual”, ella ignoraba mis comentarios.  “¿Te molesta que Nacho sea gay?”, yo no pensaba claudicar.  Finalmente, Paula decidió que este diálogo no conducía a ninguna parte y puso sus cartas sobre la mesa.  No fueron las que yo esperaba.  “No me preocupo por Nacho –dijo y me miró a los ojos por primera vez en muchos días– me estoy preocupando por vos, boludo”.  Al parecer mi editora se había llevado la sorpresa, al enterarse de que su hermano tenía una historia con otro señor, que encima venía a ser yo.  Anteriormente, sólo le había conocido novias mujeres (y no fueron pocas, según parece).  Paula sumaba estos antecedentes al hecho de que Nacho nunca había tenido una relación estable, y temía por mí: “No quiero que salgas lastimado, eso es todo”.  La preocupación de Paula me conmovió.  No deseaba para mí el dolor que había sufrido en su reciente separación con Lucas.  Sin embargo, sus palabras también me alertaron, porque yo podía ser la primera experiencia gay de Nacho.  “¡Por eso lo de los roles!”, pensé.  De pronto sentí una terrible responsabilidad.  ¡Qué tonto que fui!  Yo lo estaba presionando para que sea versátil, cuando no había tenido ninguna experiencia.  Esa noche, Paula y yo volvimos a acercarnos, aunque debió explicarme de nuevo su propuesta de trabajo, que yo había desoído por completo.

arwen.kroaton.netAl día siguiente, Fernando decidió enfrentar a Laura y a Scott, en un brunch sabático, en el living de su departamento.  Lamentablemente, 45 minutos después de haber servido el primer café, y habiendo agotado toda su diplomacia, Fernando se dio cuenta de que las mediaciones internacionales no eran su fuerte.  “La educación de mi hija es mi responsabilidad, no la suya –reclamaba Laura, sin mirar a Scott– ¡Yo decido qué explicarle y qué no!”  Pero Scott contraatacó, no sólo sin mirar a Laura, sino además señalándola con el pulgar: “Los programas de televisión seguramente ya le malinformaron lo que ella se niega a explicar”.  Pero el detonante definitivo estuvo a cargo, como suele estarlo en general, del sexo femenino: “Quiero que mi hija crezca en un ambiente normal”.  Esta venenosa declaración sacó de quicio al americano, que ya no pudo sostener el español: “She thinks we’re not normal people, doesn’t she?”, le preguntaba a Fernando, quien a estas alturas estaba hundido en el sillón de mediador.  Laura interpretó el cambio de lengua como una descarada provocación, así que se puso de pie y chilló con todas sus cuerdas vocales: “¿Qué dice?  ¿Por qué no habla español?  ¿Acaso no respeta el país que tuvo la deferencia de albergarlo?  ¡Más le vale que tenga todos sus papeles en regla…!”

No muy lejos de allí, también Gabriel había decidido exigir las cartas sobre la mesa.  Mi roomie se había puesto una remera con Marilyn Manson estampado en su delantera (su remera de guerra) y había ido directamente al supermercado, porque, como siempre, nuestra heladera estaba vacía, pero además, por supuesto, para encontrarse con su ex… repositor, digamos.  Así que se acercó al sector de frutas y verduras, en donde casualmente Rodri estaba acomodando mercadería fresca.  No había nada más excitante para Gabi que contemplar los brazos musculosos de Rodri, tensados por el peso de los cajones de frutas, que transportaba y acomodaba.  Notar su remera húmeda de sudor, el mismo sudor que brillaba sobre su piel trigueña, desencadenó punzantes palpitaciones en el sensible pecho de Gabriel.  Pero fueron los movimientos del chongo los que más lo conmovieron; las piernas abiertas, los brazos abarcando todo su espacio, los giros bruscos, las expiraciones por el esfuerzo…  ¡Tan hombre, tan chongo, tan tosco y estimulante al mismo tiempo!

www.grupopastores.coopSi bien el fibroso repositor notó inmediatamente su presencia, le hizo caso omiso y no le dirigió la palabra.  Conociendo como conozco a mi room-mate, esta actitud debió haber desencadenado una alteración nerviosa en su organismo, que, sin embargo, no se manifestó a través de la palabra.  Sencillamente, Rodri vio rodar un kiwi, una naranja, un limón, una manzana y, antes de que el amante despechado pudiera echar a rodar el melón que había elegido, el más grande y más maduro, Rodri se le plantó delante, llevando en sus brazos lo recogido del piso, suficiente como para preparar una rica ensalada de frutas.  “Qué”, dijo el chonguito.  “Qué”, dijo mi roomie.  “Me estás molestando en el trabajo”, le reprochó Rodri.  “Me estás cagando la vida”, Gabi subió la apuesta.  “Te la cagás vos solo.  Yo no soy lo que pensás, rajá de acá”, concluyó el hombre, el tosco y estimulante chongo.  Sin embargo, tales y tan terminantes palabras no alcanzaron para acallar las que Gabriel tenía bajo su manga, y que desde siempre, desde que había jugado con su primera Barbie, había querido pronunciar: “¡No me obligues a armar un escándalo!”.  Desesperado, el chongo lo arrastró hasta un depósito de verduras y cerró la puerta.  Cuando se dio vuelta, la remera de Marilyn Mason le hacía fuck you desde el suelo.  Mi roomie, hábil para estos menesteres, ya estaba totalmente desnudo.  “Vestite”, suplicó Rodri.  “No”, contradijo Gabi, mientras exhibía orgulloso una impertinente erección.  “No puedo conversar si no estamos parejos”, trató de conciliar, el chongo.  “Entonces, desvestite”, propuso Gabi, con conveniente lógica.  ¿Pero qué fue lo que pasó por la cabeza de Rodri, en esos segundos de tensión?  Ya sabemos que su psique es un misterio, pero esta vez nos vino bárbaro, ya que el chongo se sacó la ropa con violencia y mostró su as de basto, erecto y palpitante hasta lo insoportable, y se abalanzó contra mi extasiado roomie, a los besos y estrujazos, arrinconándolo contra frescas hojas de lechuga y jugosos tomates.  Por supuesto, Gabriel no ahorraba detalle cuando me recreaba la escena, mientras me servía una porción de ensalada de lechuga y tomate, que yo observaba con preocupación.  “Tenías que verlo, tenías que sentirlo, era como un guerrero enfurecido, divinamente violento…  ¡Me destrozó!”

dfnaranj.googlepages.com ROSTROSDejé a Gabriel solo con su erotismo bélico y fui a buscar a Nacho al aeroparque.  Era sorpresa.  Nacho regresaba de Mendoza y no habíamos quedado en vernos sino hasta la noche.  Quería decirle que lamentaba haberlo presionado, que no me importaba que no hubiera tenido otras experiencias gays.  Finalmente, yo también necesitaba poner las cartas sobre la mesa.  Detrás de un grupo de pasajeros, apareció mi novio, acompañado de un señor, digamos, cincuentón y de una mujer algo menor.  La intención fue efectiva.  Al verme Nacho se sorprendió, aunque no hubo sonrisa en su rostro.  Me presentó a Jorge González, un editor de un diario del sur y a su esposa, Macarena Soler de González.  “Y él es un amigo”, me señaló.  Y eso fue todo.  Quiero decir, después de dos presentaciones completísimas, con nombre y apellido y cargo y empresa, como corresponde, venía yo, un amigo, apenas señalado.

Compartimos un taxi, primero hasta el hotel en donde se hospedaría la pareja y después hasta el departamento de Nacho.  “¿No te gustó que te fuera a buscar?”, le pregunté.  Nacho se tomó un tiempo para responder.  “No me gusta que me estén encima, Leandro”, concluyó.  Definitivamente, no era lo que pensaba escuchar y ahora fui yo quien necesitó una pausa, tras la cual arriesgué: “Creí que estaba haciendo lo que haría cualquier novio…”  Pero Nacho me detuvo con su índice levantado y finalmente fue él quien puso las cartas sobre la mesa: “Nosotros no somos novios.”

Muchas veces me he preguntado (y me he maravillado, incluso) por qué ante una misma realidad suelen existir interpretaciones tan diferentes.  ¿Cómo podía ser que lo vivido hasta el momento no significara lo mismo para Nacho y para mí?  “Juntos la pasamos muy bien –me dijo– pero es todo, al menos por ahora.”  Ya con la angustia en mi garganta yo le había preguntado si tenía miedo por ser ésta su primera experiencia gay.  Pero él me había respondido que había estado con muchos hombres y con muchas mujeres.

lunaticosolar.jubiiblog.com.es“No pude manejar la situación –les contaría más tarde a Fernando y a Gabriel– prácticamente salí corriendo de su departamento”.  Mientras Gabriel me alcanzaba una servilleta para que me secara las lágrimas que yo no podía evitar, Fernando me servía más vino.  Porque nuevamente éramos tres amigos sentados en un bar, en un atardecer de sábado.  También estaban los chongos de la mesa de al lado, sólo que esta vez el mazo de cartas descansaba en el centro, mientras ellos disfrutaban sus cervezas en silencio.  Parecía que, como nosotros, estos chongos ya se habían jugado todas sus cartas.  Lamentablemente, eso no siempre alcanza para ganar la partida.

Próximo posteo: viernes 21 de diciembre

6. Role Play

Posted in Español, General by admin on the Noviembre 9th, 2007

por Leandro Fogliatti

tijuana.blogia.comSentí la tibieza del sol sobre mis párpados, aún cerrados.  Me acomodé boca abajo y hundí mi cara en la suave almohada de plumas.  Olía a Nacho.  Inspiré más profundo.  Toda la ropa de esa cama olía a él.  Estiré mi brazo y no lo encontré.  Su lado estaba vacío, pero aún tibio.  Me arrimé a la huella de su calor y olí la blanca y arremolinada sábana.  Mezcla de perfume dulce y sudor agrio, eso era Nacho para mi nariz.  Me desperecé, narcotizado por sus fragancias.  Un rumor de lluvia me dio escalofríos y cubrí mi desnudez.  Nuestra historia podía contarse en semanas, a través de varios encuentros en su departamento, entre cenas informales y sexo.  Nacho viaja bastante, pero intentamos aprovechar muy bien el tiempo que podemos compartir.

El rumor de lluvia cesó.  Me incorporé para ver salir del baño a Nacho, todo húmedo, con un toallón blanco atado a la cintura.  Se arrodilló sobre la cama y me besó.  Aliento tibio, menta.  Piel suave y aftershave.  ¡Qué ganas de comérmelo todo!  Sin embargo, y en contra de mis deseos, no abrí mi boca, empastada y maloliente, respetando así rigurosamente una de las tres situaciones que debía evitar cuando estaba con Nacho, de acuerdo con los consejos de mi room-mate.  Nacho me preguntó si había dormido bien.  Sonreí y asentí.  Nos acariciamos.  Las personas tendemos a establecer rutinas.  En nuestro caso, esas caricias por la mañana significaban calentura, confirmada por una protuberancia entre los pliegues del toallón de Nacho y una alegre carpita bajo la sábana que aún me cubría.  Y de acuerdo con nuestra rutina, Nacho buscó mi espalda, entre besos y suaves mordiscos.  Nuestros roles nunca fueron pautados, se fueron dando así.  Sencillamente, Nacho desempeñó la parte activa y yo me adapté.  No me disgusta para nada ser pasivo, pero habiendo tantas posibilidades en el sexo, ¿por qué conformarse con una sola, y siempre la misma?  Decidido a salir de mi rol, intenté ser yo quien buscara su espalda.  Pero su brazo fuerte y fibroso me venció, y otra vez terminé de cara contra la almohada de plumas.

“¡Siempre pensé que eras una pasiva empedernida!”, declaró Gabriel, durante un almuerzo en nuestro departamento.  “¿Y se puede saber por qué?”, le pregunté indignado por su actitud rotuladora.  Por toda respuesta obtuve una feroz carcajada, tras lo cual regresó su atención a La Tigresa del Oriente.  ¿Pero puede ser que, ya en el siglo XXI, todavía tengamos un sexo tan estructurado?  Desesperado, me volví hacia Rodri, pero el chonguito miró al piso y se puso colorado.  En realidad, la opinión de Rodri no me interesaba, básicamente porque su sexualidad era un misterio para mí.  Bueno, tal vez era justamente eso lo que me molestaba, considerando que mi role play resultaba tan evidente para los demás.  Pero, en ese momento el chongo alzó la vista y declaró: “Hacé fierros”, y su palabra me inspiró.  Si los roles entre Nacho y yo se establecían por una cuestión de fuerza, tal vez una solución sería incrementar mi tono muscular.

articulo.mercadolibre.clCoherente con mi ambicioso plan de cambio de roles, esa tarde decidí no sólo pagar la cuota del gimnasio, sino además usarlo.  Guido, resultó llamarse mi entrenador.  Desde el comienzo, Guido demostró una excelente predisposición para guiar y aconsejar a las adolescentes que se ejercitaban en el salón de musculación, dedicándoles tiempo y conocimiento. Tal actitud dejaba fuera de su orientación a una gran población de mujeres de más de 40 y varones en general, quienes podíamos sufrir desgarros o desviarnos la columna sin que Guido se enterara.  Así las cosas, yo tuve que recurrir a una suerte de simbiosis intuitiva (y no siempre exitosa) para interactuar con las máquinas.  Y se ve que estaba dando un pobre espectáculo, porque se acercó Diego, un compañero de gym con el que ya habíamos cruzado algún saludo.  Diego me aclaró que yo estaba en la máquina de remos, y no en la de espinales, como pretendía, y que no se trataba de que no funcionaba, sino de que yo estaba sentado exactamente al revés.  Sin exagerar, pero con la constancia que a mí me faltaba, Diego siempre se había tomado el tiempo para cuidar de su físico.  “No creo tener tu voluntad”, le confesé.  Me propuso que viniera los mismos días que él y entonces me ayudaría.  Ya sea porque notó nuestra conversación o porque ya no quedaba ninguna jovencita gimoteando por ahí, Guido se acercó con cara de western.  “Les recuerdo que el profesor soy yo –dijo, mientras lanzaba una mirada testosterónica a Diego; luego se dirigió a mí:- ¿Y vos quién sos?  ¿Tenés una rutina armada para usar esa máquina?  ¿Quién es tu entrenador?”  Así, Guido se defendía de lo que había sentido como una invasión por parte de Diego, quien ahora desplegaba un repertorio de muecas, a sus anchas espaldas.  Pero al instante, una tierna vocecita femenina distrajo al entrenador_marca_territorio.  “Gui, ¿me ayudás con esta mancuerna?”, suplicó la zorrita de 15 años.  Y así no volví a ver a Gui aquel día.  Me pregunté si mi entrenador tenía derecho a defender un rol que no cumplía adecuadamente.  Y eso me hizo pensar que si deseaba un cambio con Nacho debería ser capaz de hacerme cargo.  ¡Cuánta responsabilidad!

bonbons.myblog.itFer y Scotty habían regresado de su luna de miel en Bahía, Brasil.  Anochecía cuando los fui a visitar.  Habíamos descorchado un merlot y nos habíamos ubicado delante de un LCD para disfrutar del álbum digital que había armado la feliz pareja, con las fotos de su viaje.  Tomados de la mano, no dejaban de sonreír, mis amigos, irradiando alegría y distensión.  El rol de pareja les sentaba mejor que nunca.  Pero el timbre sonó.  Scott abrió la puerta y Noelia lo esquivó para treparse a los brazos de su padre.  Con Noelia a upa, Fernando se acercó a la puerta para hablar con Laura, su ex mujer, quien había sido desbordada por una urgencia laboral y necesitaba dejarle a su hija esa noche.  Pude ver una mueca amarga en el rostro de Scott.  Ambos llevamos el vino y las copas hasta la cocina.  “¿No hay química con Noelia?”, le pregunté.  “La habría, si ella supiera quién soy”, me respondió.  A Scott le molestaba el cambio de roles que se veía obligado a hacer, toda vez que Noelia entraba en escena: de pareja a amigo.  Es más, sostenía que tal comportamiento confundía a la niña e impedía que ella y él se comunicaran.  Del otro lado, a Fernando se le hacía imposible compatibilizar sus roles de pareja gay y padre.  Y además estaba Laura, quien se oponía con firmeza a contarle a su hija la realidad de la situación.  Así que cada vez que Noelia preguntaba quién era Cot (le costaba pronunciarlo) y por qué vivía con su papá, se le respondía que eran muy buenos amigos.  Pero Noelia seguía preguntando lo mismo una y otra vez.  Así que Scott daba por sentado que la respuesta no la satisfacía y de que ya sabía perfectamente quién era él; sólo buscaba una confirmación.  “¿Y entonces qué opinás vos?”, me preguntó el americano.  Y yo sólo pude responderle con otra pregunta, más acorde con mis inquietudes de aquel día: “¿Cómo negociaron ustedes sus roles en la cama?”  Scott se excusó un par de veces en la barrera idiomática, pero ante mi insistencia me asestó una respuesta lapidaria: “Hablando”, me dijo.

Cuando Scotty y yo volvimos al living, en el LCD las fotos habían sido reemplazadas por Shrek.  Noelia, que hasta ese momento reía con su papá, selló sus labios al notar nuestra presencia y miró fijo a la pantalla.  Y así el silencio reinó hasta que Shrek besa a Fiona y la princesa se convierte en ogro para siempre.  “Ellos son diferentes”, me dijo Noelia casi en un susurro.  “Claro, –le confirmé- son ogros… -y en ese momento empecé a dudar de lo que la niña me había querido decir, así que agregué con cautela:- …y se quieren”.  Noelia miró de reojo a Scott, sonrió con un poco de vergüenza y volvió su atención a la película.  Y yo me quedé sin saber bien de qué habíamos estado hablando.  Tanto Fer como Scotty habían ignorado nuestra conversación.  Ambos estaban muy serios, muy distantes el uno del otro, tanto física como (sospecho) emocionalmente.

www.calmadigital.infoEn otra parte de la ciudad, Rodri acompañaba a Gabi a una sesión de kinesiología.  Los dos se preguntaron para sí qué había pasado con la señora masajista de las primeras veces, cuando al box se asomó Braulio, un brasileño escultural, en cuya mano derecha cabía por completo el lesionado pie de mi room-mate.  Y tan diferente fue esta sesión, que mientras Gabi fue masajeado por Braulio, el primero no abrió ni la boca ni los ojos, cuando antes sólo regalaba sus miradas a Rodri y sus palabras (sus muchas palabras, a decir verdad) también a Rodri, a la desaparecida señora masajista, al resto de los pacientes y a todo el personal técnico de aquella institución. Mi room-mate sólo pudo reconocer el malestar de Rodri cuando iban viajando en taxi y Braulio y su sonrisa tan blanca y encantadora habían quedado bien lejos.  Tal vez debido a su relajación muscular, o quizá  de puro guapo nomás, la cuestión es que Gabriel creyó ver una posibilidad para aclarar roles.  “¿Estás celoso?”, arriesgó sin medir consecuencias.  ¡Pobre, mi roomie!  Mejor hubiera sido para él prolongar el silencio, saboreando los recuerdos inmediatos del masaje interracial.  Pero no.  Su capciosa pregunta desencadenó en Rodri una reacción de machonguismo: “¿Qué decís, boludo?  ¿Estás en pedo?  Si vos sos puto, es tu problema.  ¡No confundas nuestra amistad, eh!”  Y ya no hubo posibilidad de diálogo.  Rodri se bajó del taxi y Gabi se quedó más confundido que nunca, sin entender esta relación, ni mucho menos sus roles, claro.

Pero yo sí que estaba decidido a hablar de roles.  Instalados otra vez en la cama, declaré: “Tenemos que hablar”.  Nacho sonrió y me susurró que me escuchaba, mientras besaba mi cuello.  “No, no –le dije- Tenemos que hablar con cierta distancia o no voy a poder concentrarme”, e interpuse entre los dos una barrera de almohadas.  Así que mi novio se acomodó y aguardó expectante.  Siempre que estoy nervioso, al contrario de mucha gente que conozco, soy víctima de una verborragia incontenible.  Así que avasallé a Nacho con mis inquietudes: que la variedad es más divertida, que es bueno explorar nuevas posibilidades, que la rutina no es sana; llegué incluso a reflexionar sobre el riesgo hemorroidal.  Sin embargo, Nacho estaba un poco perdido entre mis generalizaciones y no lograba vislumbrar mi real preocupación.  “Estoy cansado de poner siempre el culo”, le dije como para aclarar.

http://www.chrisgeary.co.uk/Nacho se hizo cargo de la situación, pero me advirtió que él nunca había experimentado un rol pasivo, que le costaría intentarlo y que creía que no lo disfrutaría.  Yo le aseguré que iríamos de a poco, que tal vez podríamos comenzar con un dedo de mi mano (y Nacho se puso pálido), pero que siempre usaríamos el lubricante necesario (y a Nacho le apareció algún matiz rosado), y que no teníamos ningún apuro (finalmente, colores saludables en su carita preciosa).  Esa noche la rutina cambió.  No se nos antojó el sexo.  Yo le conté lo que había pasado en casa de Fer y Scotty.  Y él me explicó un poco más acerca de su trabajo, que básicamente consistía en promocionar la producción de Paula y negociar convenios con otras editoriales y medios.  ¿Significaría esto que nuestra relación avanzaba?

Bouns Track

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