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Manhunt busca Historias de armarios

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Por Leandro – (Manhunt Diario)

Sali del Armario!

Hay personas que jamás lo abandonan. Hay otras que no lo soportan. No hay recetas de cómo ni cuándo salir del armario. No le decimos a todo el mundo que somos gays de la misma manera. (No le decimos a todo el mundo que somos gays.)

No importa si estás afuera, apenas asomándote o todavía encerrado; todos tenemos historias de armarios. ¡Cuéntanos la tuya! Compartir nuestras experiencias es una buena manera de adquirir seguridad y hacernos más fuertes.

Para participar, solo tienes que acceder a este formulario y redactar un posteo de 400/600 palabras que cuente tu historia de armario. Nosotros iremos publicando en este espacio aquellas historias que nos resulten más atractivas, interesantes o conmovedoras.

Además, si tu historia resulta seleccionada, te obsequiaremos tres meses gratis de acceso ilimitado a Manhunt.

No es una gran anécdota, pero creo que me correspondía comenzar a contar una historia de armario.

Una pregunta directa

Mi primer empleo cuando llegué a Buenos Aires (¡hace ya 19 años!) fue en una compañía de seguros, ingresando datos en una computadora. Sí, la tarea era tan aburrida como se imaginan. En compensación, me tocaron en suerte un jefe y unos compañeros muy divertidos, que me adoptaron rápidamente y me hicieron más fácil la vida en la gran ciudad. En total, hacíamos un grupo de 7 personas.

A las pocas semanas de haber ingresado tuvimos que lidiar con mucho trabajo y no nos quedó más remedio que empezar a quedarnos fuera de hora, tratando de ponernos al día. ¡Hubo jornadas en que trasnochábamos hasta la madrugada! Por aquellos días, andábamos todos con los ojos irritados y profundas ojeras…

Como se imaginarán, durante tantas horas juntos era inevitable que las conversaciones fluyeran, y las preguntas sobre nuestras vidas personales no se hicieron esperar. Sin embargo, yo me sentía muy seguro porque, un año atrás, en mi ciudad natal, había salido del armario con mis padres y con mi mejor amigo, y creía que ya podía hablar sobre mi sexualidad con cualquiera. Estaba muy equivocado…

Una noche, como ya se había hecho costumbre en aquellas largas jornadas de trabajo atrasado, mi jefe anunció: “hagamos una pausa y tomemos un café”. Era mi frase preferida, porque significaba que alguno contaría una anécdota sobre su vida. Sin embargo, no me había dado cuenta de que el único que había compartido poco y nada sobre sí mismo… era yo.

¡Peor aún! Aquella noche mi jefe me miró directamente y me dijo: “tenemos una duda y queremos que nos digas la verdad: ¿sos gay?”. Les puedo asegurar que a mis 21 años todavía no me había enfrentado a una pregunta tan directa como aquella, ¡y mucho menos de parte de un jefe!  Como ya les conté, eran personas con las que me sentía muy cómodo, una audiencia ideal para salir del armario. Sin embargo, semejante interpelación me tomó de sorpresa, me dejó sin aliento y no fui capaz de contestar con sinceridad. Les dije que no.

Ellos aceptaron mi respuesta y todo siguió como siempre… todo, excepto yo. Con el correr de los días comencé a sentirme en deuda: no había sido capaz de abrirme como ellos lo habían hecho conmigo. En fin, supongo que cuando uno no está realmente preparado, no existe la situación ideal para salir del armario. El tiempo pasó, el trabajo salió adelante, yo terminé cambiando de empleo y no los volví a ver nunca más. Pero siempre me pregunto cómo habría seguido la historia, si aquella noche yo hubiera sido capaz de responderles con sinceridad.

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