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La fauna del sauna

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Por Ernesto Meccia (Suplemento SOY)

Se habla de “sexo express” para referirse a una práctica que las aplicaciones y los saunas favorecen y en arte rigen. Tal vez esa palabra tampoco sea la más apropiada y haya que ir a buscarla en la bruma del vapor.
Se habla de “sexo express” para referirse a una práctica que las aplicaciones y los saunas favorecen y en arte rigen. Tal vez esa palabra tampoco sea la más apropiada y haya que ir a buscarla en la bruma del vapor.

Hace tiempo que pretendo pensar y hacer pensar de nuevo sobre las lógicas de socialización erótico-sexuales de los gays y mi conjetura —creo— es bastante conocida por lxs lectorxs de Soy: existe un conjunto de prácticas bastante heterogéneas que indican que estamos transitando un “período posthomosexual” (o de “gaycidad”) que guarda respecto del período anterior continuidades, transformaciones y rupturas.

Uno de los grandes riesgos que corremos quienes escribimos sobre estos temas (académicos y periodistas) es utilizar las mismas palabras para referirnos indistintamente a ambos períodos. Las palabras —sabemos— no las trae ni se las lleva el viento, vienen a cuento de relaciones sociales. A las palabras las inventamos justamente para “especificar” situaciones significativas, asumiendo que lo significativo para la gente es siempre transitorio. Así podemos notar, por ejemplo, cómo ha deflacionado el uso de las palabras “activo” y “pasivo”, categorías que en el antiguo régimen homosexual eran cuestión de vida o muerte. O el adjetivo/sustantivo “paqui”, que refería a la presencia excepcional de un heterosexual en situaciones de interacción homosexual. El “paqui” de los años ’90 que merodeaba Bunker fue reemplazado por el difuso adjetivo “friendly”, pero no por caprichos lingüísticos, sino porque las distinciones entre gays y no-gays se volvieron y se anhelan como efectivamente más difusas.

En esta clave: ¿cómo referirnos, hoy, al sexo casual entre gays? ¿Cómo nominar la experiencia de pasar tardes, noches, días enteros dentro de los famosos saunas? ¿O la de procurarse momentánea compañía a través de Internet y/o de otras aplicaciones de última tecnología?

Recuerdo que Cruising se llamaba una horripilante película con Al Pacino (1980, William Friedkin) que tenía escenas en el parque de una ciudad donde los gays iban de “cacería”. ¿Nos sirve esta imagen como recurso interpretativo de la actualidad? Difícil. Creo que para llegar a buen puerto tenemos que someternos a una práctica de (auto)despojo: sacarnos de la cabeza las imágenes y de la lengua las palabras del antiguo argot de las “teteras”, del “levante”, del “yire”, de la “cacería”.

Más allá de la eventual nostalgia, estas palabras se asociaban con estados de ánimo que no se corresponden con los actuales a la hora de practicar lo “mismo”, es decir, el sexo casual. Valga como ejemplo paradigmático: la embriagante sensación de riesgo y peligro policial que cobijaba anteriormente a esa práctica (concretada por lo general en lugares públicos) se evaporó. Y si se evaporó, entonces no hay por qué tener apuro. Y si no hay por qué tener apuro entonces podemos preguntarnos si hoy cabe nominar el sexo casual como “sexo express”. Yo sostengo que no. Otra vez, otra palabra que queda chica o… llama a engaño.

Una cosa es el apuro por mezcla de apetito sexual y peligro. Otra cosa es el apuro por mero apetito sexual en un contexto espacial o tecnológico expresamente armado con miras a la interacción sexual. Decir que una y otra impulsan al “sexo express” sería tan reduccionista como afirmar que todos respiramos porque existe el aire. ¡No! Hacen falta nuevas palabras que expresen las nuevas realidades.

Tomemos por ejemplo los saunas. Respiremos y pensemos bien. ¿Tienen algo que ver con la lógica de lo “express”? ¿Guardan realmente algo de parecido con la “mcdonalización” del sexo (“comé y andate rápido”) o con la modalidad “express” de los baños públicos? Yo creo que muy poco… o nada. En esos lugares está bastante instalada otra modalidad del sexo casual, imputable no solamente a las transformaciones de la homosexualidad sino a una sensibilidad social más amplia.

En una sociedad en la que se nos interpela desde tantos lugares con exigencias de todo tipo, el sauna gay funciona como el epicentro del grado cero de la interpelación, lugares en los que la gente se toma descansos identitarios. A los saunas se va a estar, a los saunas se los habita, justamente porque se los imagina como un no-lugar. “Relax”, en el contexto saunístico, no es la expresión de una promisoriedad marketinera sino de un imaginario redentor.

Será por eso que convocan no solamente a gays singles sino también a matrimonios gays que acuerdan (juntos y/o separados) tomarse esas vacaciones de horas y a tantos heterosexuales también dispuestos a descansar. ¿Está de más decir que los saunas son hétero-friendly?

Al mismo tiempo, esta lógica del sexo casual tan reñida con la modalidad “express” la he descubierto como un anhelo en numerosas conversaciones con personas “nada que ver” que me/se preguntan por qué no existen lugares así para heterosexuales, razonando que no implican ningún trance sino algo pacífico que, sin embargo, podría proporcionar treguas muy necesitadas.

La combinación de los atributos de esta forma del sexo casual me hace pensar que tenemos que reemplazar rápidamente la noción de “sexo express” por la de “sexo pocket”. Y antes de levantar el dedo índice para decir si está bien o está mal, me gustaría que nos tomemos un tiempo para comprenderlo desde adentro, tratando de descubrir las necesidades que vendría a satisfacer.

El sexo casual “pocket” en el que, pienso, se parece bastante a las “relaciones de bolsillo” de las que desconfía Zygmunt Bauman: “Una relación de bolsillo exitosa es agradable y breve. Podemos suponer que es agradable porque es breve, y que resulta agradable precisamente porque uno es cómodamente consciente de que no tiene que hacer grandes esfuerzos para que siga siendo agradable durante más tiempo: de hecho, uno no necesita hacer nada en absoluto para disfrutar de ella”.

A diferencia del famoso sociólogo, yo deseo dedicarme a pensar cuánto de lo “pocket” puede ser, en realidad, una conquista de los procesos de individuación de principios del siglo XXI. Es el recuerdo de muchas bellas escenas de los saunas lo que me compromete a ello. Porque así como me cuesta relacionar el sexo “pocket” con el sexo “express”, también me cuesta relacionar el sexo “pocket” con el sexo “descartable”, como podría hacer el autor.

Decididamente sospecho que eso no es lo que se vislumbra. Antes bien, he advertido en los saunas la aplicación de un macrocódigo donde el sexo “pocket” adquiere el valor de la entrega, de la ofrenda, del cumplido. Todas acciones muy generosas hechas casualmente y con la única condición de que la contraparte haga una ofrenda simétricamente casual y… sin apuro, ya que se tiene por delante toda la tarde.

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