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Un Poyo Rojo: teatro, danza y amor entre hombres

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Por Esteban Rico (SentidoG)

"Un Poyo Rojo" con Luciano Rosso y Alfonso Barón con dirección de Hermes Gaido. Teatro físico y gay.
«Un Poyo Rojo» con Luciano Rosso y Alfonso Barón con dirección de Hermes Gaido. Teatro físico y gay.

Un Poyo Rojo es una propuesta de teatro independiente que hace cinco años forma parte de la cartelera teatral de Buenos Aires y que ha girado por el mundo en varias oportunidades. La obra es una mezcla de danza con deporte dentro de un lenguaje más teatral que cuenta una historia de amor entre dos hombres.

Antes de realizar la función despedida del año el próximo 17 de diciembre en el Teatro del Perro y de emprender una gira por Europa, el director Hermes Gaido y los actores Luciano Rosso y Alfonso Barón hablaron con SentidoG acerca del nacimiento de la obra, de los años de permanencia en cartel, de la respuesta del público y de los avances para la comunidad LGBT en Argentina.

 

¿Cómo nació Un Poyo Rojo?

Hermes Gaido: Un Poyo Rojo nació a partir de un número de danza contemporánea que habían armado Nicolás Poggi y Luciano Rosso, donde bailaban una coreografía con técnica de partenaire con el tema de Lía Crucet “En tu pelo”. La propuesta era mezclar el código de la cumbia popular con una coreografía de danza contemporánea que es algo más europeofilo. A partir de ahí, me propusieron dirigir un espectáculo a partir de esa célula. Así que empezamos a probar cosas durante un año, siempre con un código muy abstracto y de a poco iba saliendo cierta comicidad. Nicolás y Luciano se enamoraron, entonces pasaba algo entre ellos a nivel romántico y se empezaba a notar cada vez más en las improvisaciones. Luego de un tiempo, decidimos empezar a llevarlo más para el lado del teatro y contar esa historia de amor a través de diferentes lenguajes, mezclando todo.

Luciano Rosso: En el 2008 nos dieron un subsidio para estrenar la obra completa y en el 2009 lo estrenamos en el Espacio Cultural Pata de Ganso.

HG: Desde ahí empezó todo un recorrido, hasta que Luciano y Nicolás se separaron. Entonces paramos durante un tiempo porque la obra era muy íntima, muy fuerte como para seguir haciéndola, ya que ellos necesitaban dejar de verse durante un tiempo. Habíamos hecho pocas funciones y habíamos tenido buenos resultados. Ganamos un concurso y viajamos por Madrid, Valencia, Canarias, Barcelona. Entonces nos quedamos con muchas ganas de seguir con la obra y así fue como le propusimos a Alfonso Barón, a quien habíamos visto en La Idea Fija, de sumarse a la obra. Ahí arrancó de vuelta todo un nuevo proceso, también duró unos años y ahora estamos con todo, empapados todos de un mismo concepto.

¿Cómo describirían la obra a alguien que no la haya visto?

Alfonso Barón: Cuando me preguntan a veces digo que es una obra de teatro físico, que tiene mucha danza en el medio. Es una obra con un lenguaje bastante popular, bastante entendible para cualquier persona que no sea de la élite del arte. Tiene una mixtura de lenguajes bastante abarcativa desde el cuerpo y a nivel interpretativo también. Al mismo tiempo es muy compleja, pero también es simple y liviana de ver. Y dentro de eso me parece que hay un universo más cargado.

LR: Yo agregaría que es una historia muy simple, pero el fuerte está puesto en cómo la contamos, no en la historia en sí sino en cómo la exponemos.

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¿Por qué creen que la obra se mantiene en cartel durante tanto tiempo y con tanto éxito de público?

HG: Es difícil de saber. Lo que sí es seguro es que la constancia rinde sus frutos. Vivimos en una sociedad donde el tema de la producción artística es muy devorador. Si uno quiere estar visible, tiene que sacar una obra nueva todos los años y hacer un montón de proyectos. Pero nosotros al menos no creemos mucho en eso. Luciano y yo, que venimos trabajando juntos hace casi diez años, tenemos pocas cosas estrenadas. Porque confiamos más en buscar proyectos que nos gusten con gente con quien la pasemos bien y darle para el frente. Antes era distinto, se podía hacer la misma obra durante cien años y no había problema. La idea es defender un poco ese lugar, de no estar como locos tratando de crear y de siempre hacer algo nuevo. Termina siendo algo vacío después de todo. A medida que pasan los años, nosotros cada vez amamos más este proyecto.

AB: Yo creo que se sostiene mucho en el tiempo porque a casi todas las personas que van a verla hay algo que les llega. Es una historia de amor, del vínculo entre dos personas. Entonces, en algún punto algo te toca y te sentís identificado y eso está bueno para el espectador. Te sentís más como en casa y quizás te gusta o no, pero te sentís más cerca.

LR: Nos cuentan muchas historias de parejas que vienen a ver la obra y esa noche tienen sexo desenfrenado.

AB. Y artísticamente también pasa que la gente sale con ganas de bailar y motivada, con ganas de crear.

¿Cómo es la recepción del público? ¿Qué comentarios reciben después de las funciones?

HG: Generalmente la gente la pasa muy bien, habla de que vio algo nuevo. También dicen que agradecen muchos las actuaciones, la forma en la que está todo medido. Hasta la improvisación está jugada con riesgo, pero también con mucho control. Después, mucha gente habla de que es novedosa en la forma de contar. Y a alguna gente le pasa algo como medio incómodo, reaccionan feo, dicen que es muy chabacana, que es cursi. La atacan desde algún lado medio intelectual. Pero en definitiva es afirmar por la negativa, porque están diciendo que les pasó algo.

¿Por qué creen que existen esas reacciones negativas a una obra que es tan popular y tan bien recibida por la crítica?

HG: Nosotros estamos en el Teatro del Perro hace unos cuatro años y por la forma en la que está armada la sala, como yo también hago las luces, desde donde estoy ubicado puedo ver al público. Y en casi todas las funciones, de las 80 personas hay uno que está con cara de culo. A la élite, las cosas más cursis o de teatro popular que se acercan más al circo criollo le parece algo horrible y muy poco intelectual. Entonces en parte una de las motivaciones al principio con la obra era meterles un poco el dedito en el orto a esas personas, que se sientan solas. Por momentos se ve como que se preguntan: “¿y de qué se ríen todos estos?”. Muchas veces defenestran lo que hacemos los artistas en un lugar de no hacer, entonces está bueno hacerlos reaccionar.

A pesar de ser una obra que cuenta una historia de amor entre dos hombres, tienen mucho público femenino. ¿Por qué creen que eso sucede?

LR: Me parece que hay como una relación entre la mujer y lo gay, hay una amistad medio incondicional que coexiste y quizás por eso hay tanta chica que viene a ver el espectáculo y se siente conectada con eso que pasa.

AB: Incluso también tenemos mucho público masculino hetero. No sé por qué. Pero a la chica le pasa como al gay, que se calienta porque está viendo a dos chongos que tienen una cuota de femineidad bastante explotada y una cuota de masculinidad también súper fuerte. Cuando jugamos a ese color creo que hasta lo logramos. Pero sino, ves a dos chabones en escena y eso me parece que también le gusta la mujer.

HG: Creo que históricamente estamos muy acostumbrados a cosificar a la mujer. Es común que haya obras donde aparece una mina que está buena y se pone en pelotas. Y de repente que haya una obra sensible, pero que también exponga la parte del cuerpo masculino desde ese lugar un poquito objetivado, está bueno también. Es relajar un poco esa situación, dejar de pensar las categorías de esa manera.

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¿Notan un avance en la sociedad con respecto a lo gay?

HG: Yo la re noto la diferencia. Y no sólo afuera, adentro también. Yo soy heteroesexual y sin embargo en este momento veo las cosas muy diferentes a como las veía cuando tenía 18 años.

AB: Yo creo lo mismo. Hay mucha libertad, mucho juego también. Hace poco vinieron a vernos unos compañeros míos de rugby de toda la vida que son medio cabeza de corcho y estaban todos mucho más relajados, yendo a lugares o haciendo comentarios de cosas que yo no podía creer. Yo noto que la gente está más relajada. Igual me parece que Buenos Aires es una ciudad que está muy bien en relación a eso. Quizás si nos vamos a Mendoza que es de donde soy yo, no creo que las cosas sean igual que acá.

HG: Yo creo también que tiene que ver con que estamos asistiendo a un momento donde se están rompiendo las barreras de si sos hetero o si sos gay. Yo conozco a un montón de gente que se está abriendo a tener experiencias y a no ser definida. Un día está con un chabón y un día con una mina y eso no te define. Es algo que está pasando, sobre todo en los últimos diez años. Y cada paso para atrás que se dan en algunos países como Rusia, da más fortaleza en los lugares en donde sí está todo bien.

¿Cómo viene el futuro de Un Poyo Rojo?

HG: Hace poco nos avisaron que vendimos cinco funciones en Bruselas, otras en París y la idea es quizás durante tres o cuatro meses estar girando en Europa el año que viene. Y sino, nos quedamos en Buenos Aires donde la pasamos bárbaro. Y el Teatro del Perro es muy cómodo para trabajar. Somos amigos y no tenemos que estar bajo las presiones de una sala tradicional. Es una relación persona a persona, no es nada corporativo y eso está buenísimo.

 

Para más información acerca de Un Poyo Rojo, ingresar a la página web de la obra o a su fan page de Facebook.

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