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El 7 de marzo se celebró el Día de la Visibilidad Lésbica

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El 7 de marzo se celebra el Día de la Visibilidad Lésbica memoria de “Pepa” Natalia Gaitán, asesinada a sangre fría en Córdoba por Daniel Torres, padrastro de su novia.

Fuente: Clarin (Entre Mujeres)

El 7 de marzo se celebra el Día de la Visibilidad Lésbica memoria de “Pepa” Natalia Gaitán, asesinada a sangre fría en Córdoba por Daniel Torres, padrastro de su novia.
El 7 de marzo se celebra el Día de la Visibilidad Lésbica memoria de “Pepa” Natalia Gaitán, asesinada a sangre fría en Córdoba por Daniel Torres, padrastro de su novia.

En memoria de “Pepa” Natalia Gaitán, asesinada a sangre fría en Córdoba por Daniel Torres, padrastro de su novia, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires declaró el 7 de marzo como “Día de la Visibilidad Lésbica”.

Cada año se realizan en plazas y puntos destacados de la ciudad, actos de visibilización, marchas y actividades artísticas. Enviamos a 5 chicas al pasado en una máquina del tiempo y luego las sentamos a escribir bajo la consigna, ¿cómo saliste del armario? Este es el resultado.

 

Crónicas de Narnia; el león, la bruja y el portero

“Si tengo dudas, que no se note” – pensé – y pedí a mi mamá todo el lujo posible. Como las sospechas eran grandes, festejé mis 15 en el salón de un spa. Compré el combo: vestido off white hecho a medida con detalles en mostacillas aperladas, planchado de los rulos que hacía años crecían crespos y la elección de un tema musical para entrar de la mano de papá; Maravillosa esta noche, la versión en español de Wonderful tonight porque mis abuelos no hablan inglés. Bailé el vals y repartí el cotillón por las mesas de los invitados, para mi familia era una princesa, para mí un lavarropas: un objeto blanco y enano al servicio de la sociedad. La angustia desencadenada de la performance de señorita dulzura me llevo a enfrentar un león que hacía tiempo jugaba al ping pong dentro mío con la idea de “me gustan las chicas”. Mi primera salida del clóset, la puerta de Narnia, la más difícil, fue la de darle la razón al león y salir para mí misma: “Tengo 15 años y soy una chica que le gustan las chicas”.

Unos años después, terminaba con mi primer amor, una chica con quien me disponía a la fantasía que estaban dando en el mundo en ese momento (y con la cual, además, había crecido): casarme, tener hijos y vivir en una imaginaria playa con teatros y cines cerca. Mi corazón estaba como el último durazno del cajón y al igual que cuando era chica y algo me dolía, corrí a contarle a mi mamá. Mal timing. Mi mamá se estaba separando de mi papá y ahora no solo su matrimonio moría sino que también la idea de su nena perfecta se desvanecía. Tuvo un ataque de nervios, me gritó, lloró y me revoleo una escoba. Se puso gris y como una bruja de las malas, me dijo que había que curar mi enfermedad. Esa salida no fue la más difícil, si fue la más dura. ¿Sino me contenía mamá quien me iba a contener? Como todo, el tiempo pasó, las cosas se calmaron.

Para que ya no sea duro ni difícil, abrir Narnia, salir del clóset, es como ir a correr, hay que ir una o dos veces por semana. Se sale todo el tiempo, para los de la oficina, para la chica de la verdulería, el taxista o el portero, aunque ya tanto no duela, por ahora, se sale todo el tiempo.

Micaela Gonzalo, escritora y estudiante de Letras.

 

Del armario al jardín

Creo que fue por presión. No, no lo creo, estoy segura. En ese entonces tenía una novia que me amenazaba: No voy a volver con vos a visitar a tu familia sino les decís la verdad. Como en ese entonces era bastante cobarde, no quería arriesgar semejante ficha con mi madre si existía el riesgo de separarnos, entonces le pregunté si lo nuestro para ella era una relación pasajera. Pero me devolvió la pelota: Más allá de mí, algún día vas a tener que hablar, dijo. Ese día llegó rápido. El domingo siguiente, cuando visité a mamá, me metí en su habitación torpemente y me confesé: Necesito hablar con vos: tengo novia, hace mucho salgo con chicas. Ya sé, ya sé, respondió casi pisando mis propias palabras. Mi sobrina, que era muy chiquita, se había metido sigilosamente en la escena sin que la viéramos y me acuerdo perfectamente de su voz diciéndome: No llores Pala, no llores. Pobre corazón, me tiraba del pantalón desesperada, para que yo mirara hacia abajo donde estaban esos ojitos con los que me pedía que no tuviera vergüenza, que no sintiera culpa ni miedo de nada. La agarré en brazos y la llevé al jardín, miramos la luz de un tremendo sol primaveral. Nos sentamos las dos en la parecita del cantero de los malvones que, no me voy a olvidar nunca, estallaban de color.

Paula Jiménez España, poeta, narradora y periodista.

 

15 libros y 2 bombachas

Me enamoré de Mariana. Fue una tarde o todas las tardes de aquel verano que pasamos juntas, allá por el año 2002. El país estaba en plena crisis, ninguna de las dos tenía trabajo y nos la pasábamos mandando currículums a los call centers, en auge por esa época. Deambulábamos por los parques y las veredas de nuestro barrio sin mucho qué hacer, como si la vida fuera nuestra, entera, sin edulcorante. En musculosa y short andábamos, tomando helado todo el día, comiendo bizcochos a lo loco. Ese calor, o esa ansiedad de la vida que se abre, nos llevó una noche a los besos en el quincho de su casa. A los besos, le siguó el andar de la mano por la calle para escándalo de ex compañeros de colegio, kiosqueros y verduleros que nos conocían desde chicas. Pero esas miradas extrañadas, a mí por lo menos, no me movían un pelo.

Fue cuando mi madre encontró una carta escrita con la pasión de novela del siglo XIX, en tinta azul sobre papel rosa, perfumada con perfume barato. Yo la había dejado por descuido sobre el escritorio. Su furia al leerla fue peor que el Katrina. Me tiró los libros de la biblioteca en un arranque, lloró. Las dos terminamos destrozadas. Durante los días que siguieron me hablaría lo justo y necesario durante la cena. Me dejaría estar, por un tiempo, en la habitación que me había visto crecer. Unos días después, la salida del placard sería una salida de la casa apurada con un bolso que tenía dos bombachas y quince libros. Esa libertad fue todo, la salida del closet acabó siendo el encuentro con el mundo. “No importa que me hayan echado de mi casa, por lo menos ahora sé que puedo enamorarme”. Antes, yo creía que el amor era eso que siempre le pasaba a los otros. Me prometí que jamás en la vida escondería esa certeza que transformaba el mundo en un lugar habitable.

Clara Gualano, astróloga y periodista de este sitio web.

 

Hay cosas peores

Estaba empezando a aceptar mi lesbianismo y, con toda la euforia que eso implicaba en mí, decidí ir al pueblo a contarle a mi familia la buena nueva. Me junto con mi madre, le cuento, reacciona bien, fin de la historia. Me junto con mi padre…. ufff. Después de muchas vueltas, de que me preguntara que qué me pasaba, si estaba embarazada o me drogaba o qué, le cuento: “pa, me gustan las chicas”. Se queda pensando, en silencio. Minutos interminables, hasta que me mira y me dice, muy serio él: “todo bien pero … ¿vas a dejar la facultad?”

Sofía Ele, docente.

 

Cuando no hay salida

Mi papá me crió y se quedó conmigo cuando mi mamá me abandonó. También fue la persona más distante, indiferente y egoísta con la que me crucé en mi vida.

Decidió que a los once años era una buena edad para que viviera sola y me regaló un departamento. El primer plato que cociné fue un huevo frito y salió horrible porque no sabía que se le ponía aceite, después aprendí. De lo único que hablábamos era sobre el negocio familiar, lo demás no le importaba. Cuando repetí el tercer año lo llamaron del colegio porque me portaba muy mal y no querían volver a inscribirme. Él les mandó a decir que ya era adulta y que me podía responsabilizar por mis actos. Tenía quince años. No le conté cuando me indispuse, ni cuando Daniel me sorprendió en el baño del colegio, me dio un beso de lengua y durante un tiempo largo pensé que estaba embarazada. No le dije que desde chica me molestaban diciéndome varonera o machona. Tampoco cuando ese señor me toqueteó en la parada del colectivo y me paralicé sin saber qué hacer. Jamás tuve que llamarlo para avisarle que llegaba tarde, ni para pedirle permiso.

Yo nunca salí del closet. Eso hubiera implicado que alguien estuviera del otro lado y ese es un privilegio que nunca tuve.

A Silvia la conocí jugando al fútbol femenino, la primera vez que nos besamos fue de madrugada y mi idea de felicidad quedó anclada para siempre a ese acto. Después volví en el colectivo a casa completamente feliz y empapada, pensando que me había hecho pis por la emoción del beso. Como todo en mi vida, con el tiempo eso también lo aprendí.
Salomé Wolosky, escritora.

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