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El pasado que vuelve en los dichos transfóbicos de Gonzalo Costa

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El transformista Gonzalo Costa afirma que rechaza hacerse la reasignación de sexo, porque “yo no soy psicótica. No me creo que voy a ser madre. Nada de eso, yo soy lo que quiero ser”.

Por Alejandro Modarelli (Suplemento Soy)

El transformista Gonzalo Costa afirma que rechaza hacerse la reasignación de sexo, porque “yo no soy psicótica. No me creo que voy a ser madre. Nada de eso, yo soy lo que quiero ser”.

La entrevista a Gonzalo Costa publicada en Infobae colocó a los lectores, de nuevo, frente a aquella temible equivalencia psicoanalítica que parecía ya saldada desde hace tiempo: transexualidad y psicosis.

Quien ha hecho del transformismo y la lengua mordaz un contrato reciente con el éxito –de los escenarios minoritarios de los pubs pasó nada menos que al Maipo, y de las incorrecciones y groserías del ambiente a la gruesa radioaudiencia de Santiago del Moro– afirma que rechaza hacerse la reasignación de sexo, porque “yo no soy psicótica. No me creo que voy a ser madre. Nada de eso, yo soy lo que quiero ser”.

Imagínate tú donde ha situado los logros de las trans argentinas; sobre todo pienso en la vida psíquica y anatómica de Mariela Muñoz, quien mejor que nadie conoció la diferencia entre maternidad biológica y maternidad por adopción. Así, echa por descarte a la basura mediática toda la pelea que dio el colectivo trans por liberar su identidad de género del expediente psiquiátrico.

Intuyo que Costa “es hablada” por los peores clichés del argentino medio. Se queja de que su obesidad (la gordura es su obsesión), si bien ha sido fundamental en sus logros de transformista, nunca dejó de ser objeto de risas insidiosas. Una vez que creyó que la radio la había lanzado al éter por fuera del enorme cuerpo que siente oprobioso, se sumió en un quirófano para hacerse un by-pass gástrico, que no precisa certificado de salud mental. Se operó para ser lo que quiere ser: obedientemente flaca.

Cuenta que desde esa noche que por primera vez, y por accidente, tuvo que hablar 40 minutos frente a un público que en realidad aguardaba a otra transformista, nunca volvió a callarse. Lo bien que haría en desobedecer el impulso de querer agradar mediante aquello que la sociedad reviste de inocentada: el discurso de la discriminación. El humor infalible es el que se hace a partir de uno mismo; Lizy Tagliani lo consiguió. Mostrarse vulnerable es disparar una complicidad universal. Y no a cualquiera le sale cómico jugar en el límite entre lo incorrecto y lo reaccionario.

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